Cada uno de los enseres, efectos o alhajas
que sirven para la comodidad o adorno en las casas.
ANTIGÜEDAD Y EDAD MEDIA El mueble testimonia, como otros objetos de
la vida cotidiana, los avatares históricos que han conformado
España. Si bien no se han conservado muebles sino a partir
de la época medieval, las artes y la arqueología pueden atestiguar
cómo fueron en épocas remotas. La escultura prerromana nos
ha dejado la prueba de la estrecha relación mantenida por
los antiguos pobladores de lo que hoy es España con otros
pueblos mediterráneos. Así, p. e., la llamada “Dama de Baza”
se sienta en un trono cuyo origen podemos situar en la Grecia arcaica. Del mismo modo, algunos relieves
hispanorromanos nos ilustran sobre la difusión de las formas
romanas entre nosotros. Pero es la miniatura mozárabe (s.
X) la primera en suministrar un repertorio relativamente completo
de piezas de mobiliario. Las ilustraciones al texto escrito
por Beato de Liébana nos reflejan no sólo los scriptoria de los monasterios sino también lechos compuestos por una tarimas que, elevadas sobre
unas cortas patas, superponen varios colchones de gran volumen.
Pero debemos esperar a la Edad Media para contar con ejemplares
reales en vez de sus representaciones pintadas y esculpidas.
Los ss. XI y XII resultan especialmente interesantes pues
en ellos se fijan características que van a tener una larga
vida y reflejan, a su vez, lo complejo de la vida y cultura
peninsulares con la presencia simultánea de dos civilizaciones
tan dispares como la cristiana y la musulmana, las cuales,
en lo que al mobiliario respecta, se unirían para crear algo
tan esencialmente hispánico como el mobiliario mudéjar. También
en ésta época empiezan a regularse los oficios de la madera.
Ya en 1257 figuran dos carpinteros en el Consejo de Ciento
de Barcelona y, en 1270, dos veedores en Pamplona; en Aragón
y Castilla, según parece, el proceso fue más tardío pero,
en toda la España medieval, los artesanos se agruparon en
cofradías bajo el patrocinio de santos diversos, para hacerlo
ya en el s. XVI, bajo el de San José. Las cofradías se transformaron
en gremios y, desde el s. XV, se conocen asentamientos de
aprendices. Los gremios de la madera variaron según el lugar
y el tiempo: carpinteros, ensambladores, entalladores, torneros,
y desde el s. XVI, ebanistas.
–Maderas. Los tipos
de madera utilizados en la elaboración de muebles variaron,
en estas épocas, según las condiciones geográficas. Sin embargo,
la madera de pino fue la más común, ya que tal árbol se extiende
–aun hoy en día– prácticamente por toda España, salvo en el
N., donde el roble, el castaño y el haya son las maderas propias,
mientras que el abedul lo es de la zona mediterránea y el
nogal y la encina de Castilla. Por otra parte, el boj y el
ciprés eran maderas apreciadas en todo el país.
–Construcción y decoración.
Hasta la invención de la sierra hidráulica a comienzos del
s. XIV, que permitió transformar los troncos en tablones,
las piezas eran de considerable grosor. Quizás ya desde el
s. XIII y por influencia islámica, se utilizaron paneles engargolados
que permiten el juego de la madera. Aparecieron los ensamblajes
en cola de milano que se aseguraron, todavía durante largo
tiempo, con piezas de hierro que servían, a la vez, como decoración.
Ésta pronto se completaría con talla, tracería y pintura.
Las tallas, bien directas o bien aplicadas a las superficies,
utilizan motivos figurados y, desde finales del s. XV, la
llamada de “pergaminos plegados” que, originaria de Flandes,
tendría un gran éxito. Son frecuentes las tallas caladas con
elementos arquitectónicos, muchas veces pintadas y doradas,
técnica característica de Valencia ya en el s. XV.
–El mobiliario y sus
tipos. Los muebles más antiguos conservados son asientos;
de entre ellos, la llamada “silla de San Ramón” es la más
antigua conocida puesto que su fabricación se sitúa entre
1076 y 1126, fechas durante las cuales San Ramón Guillén fue
obispo de Roda de Isábena y Barbastro (Huesca). Es un faldistorio
derivado de la silla romana, es decir, un asiento de jerarquía,
y fue robado en 1979. Su decoración tallada deriva directamente
de ilustraciones de manuscritos oscenses. Del s. XIII son
la silla episcopal también de Roda de Isábena y el banco de
Taüll (Barcelona, Museo de Arte de Cataluña), ambos cobijados
por una especie de baldaquino y construidos con paneles inscritos
en muchas ranuras de los montantes según la aludida técnica
islámica de origen egipcio. Entre los escasos objetos conservados
de la Alta Edad Media se deben señalar las arquetas de forma
rectangular con tapas que pueden ser planas, a dos aguas,
curvas y de artesa. De rudimentaria construcción, se decoraron
con placas de metal, marfil, esmalte o taracea; a veces se
pintaron o tallaron como las cordobesas del s. X, con atauriques.
A partir del s. XIII se difundió el arca que podía ser de
madera vista o estar cubierta de cuero (encoradas) o de terciopelo
(ensayalada). Las había de uso doméstico, generalmente con
patas y cubierta plana, o de viaje, caracterizadas por carecer
de soporte y tener la tapa curva. Las hubo con adornos de
tiras de hierro que servían de refuerzo y como bisagras y
se llamaron “de Flandes”. Las arcas catalanas constituyeron
una novedad. Tienen un alto soporte formado por una sucesión
de molduras que se ensanchan progresivamente y que, en ocasiones,
ocultan un cajón. Su frente presenta un montante con la cerradura
y, a ambos lados, se disponen dos paneles simétricos. En las
llamadas “arcas de novia”, el derecho se abre para acceder
a cuatro cajones, el primero de los cuales se utiliza levantando
la tapa superior. Decoradas con tallas de tracería, dorados
y pinturas, se las suele motejar “a la manera de Valencia”
y “de Mesina”, lo que podría indicar su origen. También fueron
abundantes en Cataluña las arquetas decoradas con planchas
de metal estampado y dorado y, en otras ocasiones, recubiertas
con telas recubiertas, a su vez, de yeso que se decoraba a
molde para ser posteriormente dorado y pintado. Los armarios
fueron prácticamente inexistentes y las camas, estimadas por
sus colgaduras y no por sus maderas, han desaparecido y sólo
se conocen a través de las artes plásticas. Las mesas fueron
de dos tipos: de comer y de escribir. Las primeras, desarmables,
estaban constituidas por borriquetas que servían de apoyo
a tableros. Las de escribir fueron, en un principio, dos tablas
horizontales y paralelas separadas por otras tres verticales
y más pequeñas con huecos para los útiles de escribir. Al
tablero, inclinado hacia el escribiente, se le añadieron tablones
o partes laterales para apoyar en el suelo. Por lo que a los
asientes se refiere, hasta el s. XIV se mantuvo la costumbre
islámica de sentarse en el suelo sobre almohadas, lo que daría
origen a la pieza de recibo característicamente hispánica,
el estrado, utilizado especialmente por las damas ya desde
el s. XII. Las cátedras son los asientos de mayor jerarquía,
caracterizados por un alto respaldo. Cabe recordar como ejemplos
la del monasterio de Uclés (Cuenca) o la mallorquina de Alfabia.
Los bancos fueron de uso litúrgico y doméstico y responden
a diversos tipos: con o sin respaldo, siendo éste alto o bajo,
fijo o móvil. Asiento popular con tres o cuatro patas y sin
respaldo es el escabel. Las sillas de tijera, derivadas del
faldistorio, fueron asientos que indicaban jerarquía y en
el s. XV, por influencia italiana, se difundieron las plegables
de costillas que se hispanizarían en las mudéjares conocidas
como jamugas. El mueble mudéjar es el más genuinamente hispánico del medieval español
y su fabricación se extendió hasta el s. XVI avanzado. De
los más antiguos ejemplares son las sillas de coro como las
de Gradefes (León; Museo Arqueológico Nacional), de estructura
gótica ensamblada con caja y espiga, y cuyas patas se decoran
con atauriques toledanos. Entre los armarios destacan el de
la catedral de León, del s. XIII, con cubierta a cuatro aguas
y decoración de lazos. Característica del mobiliario mudéjar
es la técnica de la taracea que, de origen egipcio, fue introducida
en Europa por los musulmanes y se utilizó en España hasta
el s. XVIII, época en la que fue sustituida por la marquetería.
Consistía en incrustar y encolar láminas finas de maderas
de colores vivos en otra madera que luego se unía a la superficie
que se quería decorar por medio de pequeños clavos; se solían
añadir a las maderas otras materias como hueso y marfil. Utilizada
en Córdoba desde el s. XII, se hizo uso de ella posteriormente
en Granada y Sevilla y, ya en el s. XVI, en Toledo y Aragón.
Con taracea granadina realizada en boj y ébano se decoraron
las sillas plegables conocidas como jamugas. Derivadas de
sillas toscanas del s. XV, originadas, a la vez, en las curules
romanas, toman su nombre de las utilizadas para montar a caballo.
Difundidas desde la época de Juan II de Castilla (1406-1454),
son plegables, tienen una estructura en forma de ‘X’, de rasgos
curvos; su asiento y respaldo de cuero, los pies unidos por
travesaños en forma de zapata, mientras que los brazos, curvos,
unen la parte delantera a la trasera a la vez que fijan el
respaldo.
SIGLOS XVI Y XVII El reinado de los Reyes Católicos supuso el
inicio de la difusión y aceptación de nuevas formas artísticas
italianas. Los muebles, conservando una estructura medieval,
recibieron una decoración plateresca. Aparecieron nuevas tipologías
como la del que –utilizando una palabra del s. XIX– es conocido
por bargueño. Los descubrimientos geográficos y la expansión
por América y el Océano Pacífico introdujeron nuevas materias
y tipologías. El colorido de las maderas de Indias permitió
más incrustaciones y marqueterías de efectos variadísimos.
De América llegarían las petacas de cuero y las putacas venezolanas. El comercio con China y Japón por intermedio
de las Filipinas convirtió a España y Portugal en pioneras
de las influencias orientales, y de Oriente llegaron a la
Península, entre otros objetos, los camones o los biombos.
–Maderas y técnicas.
Pino y nogal, haya, abedul, castaño, roble y encina eran las
maderas indígenas más utilizadas, pero a ellas se deben añadir
tanto el boj y olivo, empleadas en taraceas y marqueterías,
como el avellano. Entre las exóticas, cedro, caoba, cocobolo,
jacarandá, granadillo y ébano. Además, el hueso, el marfil
y el carey –procedente del golfo de México–, la plata, el
latón, el bronce, el cobre y el hierro, contribuyeron a la
riqueza y policromía del mobiliario. En cuanto a las técnicas,
los torneados fueron abundantísimos en los muebles de carpintería,
como las molduras rizadas de origen foráneo. Muchos muebles
eran desmontables gracias a los pernios con que se armaban.
Los ensamblajes se realizaban con caja y espiga y, en arcas
y cajones, con colas de milano. Las tablas de las mesas se
unían a los pies gracias a grandes zapatas alojadas en una
escotadura en la parte inferior, asegurándose el mueble con
unos fiadores de hierro.
–Tipologías. El
asiento más difundido en el s. XVI fue la llamada “silla francesa”
plegable y con asiento y respaldo de cuero, como las llamadas
en Francia “perroquet”.
Se fabricaron en gran número en Aragón, y, posiblemente, el
centro de producción fue Zaragoza. Plegables fueron también
las de costillas y caderas que fueron especialidad de Granada.
Pero el asiento español por antonomasia fue la silla de brazos
que hoy conocemos como “sillón frailero”. De origen posiblemente
italiano, se popularizó en toda Europa gracias al retrato
de nuestros monarcas. De construcción muy simple, respaldo
recto que, como el asiento, es de cuero o de tela, variaría
muy poco a lo largo del tiempo. Sólo sus chambranas y la terminación
de los brazos cambiarían, aunque también se constatan pequeñas
variantes según las regiones en que se fabricaron. Junto a
estos asientos, que a veces se denominan “sillas de cardenal”
o “sillas de baqueta de Moscovia”, se utilizaron los llamados
“taburetes”, nombre que hoy corresponde a las sillas sin brazos.
Las hubo bajas, que eran las utilizadas por las damas en el
estrado. Los sitiales, que hoy llamamos “banquetas”, eran
asientos propios de las antesalas. A finales del s. XVII aparecieron
las llamadas “sillas a la portuguesa” con alto respaldo rematado
por un copete escoltado por manzanillas metálicas, patas torneadas,
chambrana frontal y asiento que, como el respaldo, era de
cuero labrado. Los bancos y escaños siguieron usándose en
zaguanes y cocinas, mientras que la putaca era un asiento cómodo y bajo copiado de los utilizados por
los indios caribes para sestear. Las camas se componían de
un lecho o catre y de un cielo o imperial de forma y tamaño
variable. El lecho tenía una armazón –generalmente con cabecero
y piecero– unida por pernios. Los cabeceros más frecuentes
tenían hileras de arquillos soportados en balaustres torneados.
Unos pilares lisos, abalaustrados o torneados soportaban la
imperial, que se componía de cielo y goteras de tela. Cuando
el lecho y la imperial eran del mismo tamaño, la cama se denominaba
“de pilares”, mientras que las “de pabellón” tenían un dosel
más pequeño de donde arrancaban las cortinas que iban a las
cuatro esquinas con pilares bajos. Las “camas a la portuguesa”,
muy difundidas, combinaban los torneados con aplicaciones
de metal dorado; en las “de Nápoles” eran características
unas maderas talladas, doradas y plateadas, con rica talla
especialmente en la cornisa de la imperial. Por lo que a las
mesas se refiere, éstas eran construidas por distintos “gremios”
según las maderas utilizadas. Las hubo plegables, de doblar
o de bisagras; otras, con una fila de cajones bajo el tablero;
pero la más característica quizás fuera la llamada “bufete”,
de forma troncocónica y en un principio construida con patas
cilíndricas reunidas por una chambrana y, luego, con patas
de lira aseguradas por fiadores de hierro. Hubo mesas de materias
ricas como plata y piedras duras –estas últimas generalmente
fabricadas en Italia–, y de reducidas dimensiones para ser
utilizadas sobre el estrado. Las arcas se siguieron utilizando
para guardar la ropa, y su decoración fue reflejando el paso
del gótico al Renacimiento y de éste al barroco. Talladas,
pintadas, recubiertas de tejido o encoradas no faltan en ninguna
casa. Apareció también el armario, que se utilizaba para guardar
papeles y objetos, rematado a veces con una alacena. Los escaparates,
generalmente construidos con aplicaciones de concha y marfil,
con metales embutidos, eran vitrinas dedicadas a la exhibición
de objetos preciados. Los escritorios son posiblemente de
origen oriental; a finales del s. XV apareció en la Corona
de Aragón el hoy llamado bargueño. Su primer centro de producción
debió de ser Valencia, gracias a los contactos marítimos que
mantenía la c. De estructura horizontal, era una gran caja
que, con o sin tapas, guardaba una serie de cajoncillos. Sus
tableros solían machihembrarse; las tapas se construían con
un tablero cabeceado uniéndose a la caja por medio de unos
goznes; se cerraban con una gran cerraja y unos pasadores
en las esquinas superiores de la tapa; unas aldabas laterales
facilitaban su transporte y un triedro metálico empezó a hacer
las veces de cantonera desde el s. XVII. Los escritorios se
disponían sobre un mueble con puertas y cajones llamado “pie
cerrado”, o sobre un “pie abierto” formado por unas patas
verticalmente unidas por una chambrana bajo un tablero. Ya
en el s. XVI fue frecuente el posarlos sobre un bufete. El
llamado “pie de puente” parece ser una recreación del s. XIX.
En el s. XVI solían presentar dos tapas: una abatible para
escribir y otra superior que oculta una fila de cajones dispuestos
en forma de ‘U’. Pronto a los cajones del frente se añadieron
una o más portezuelas que se denominaban “capillas”. La estructura
y la decoración evolucionaron en contacto con la arquitectura,
quedando en ellas patente el reflejo de tratados como los
de Serlio o Vignola. De tradición mudéjar se fabricaron en
Aragón –donde se los llamaba “arquimesas”–,
siendo los más populares en el s. XVII los conocidos como
“de Salamanca”, caracterizados por presentar arquillos y columnillas
de hueso en el frente de sus cajones, que suelen estar dorados
y policromados. Quizás de origen flamenco sean los que combinan
el ébano con incrustaciones de metal dorado y abundantes aplicaciones
de latón o bronce dorado. Se llamaron “papeleras” cuando su
destino fue la custodia de papeles y de objetos preciosos,
y es precisamente este tipo el que perduró hasta el s. XVIII.
Se fabricaron en toda España, pero también se importaron de
Alemania –con ricas marqueterías de maderas de colores–, Italia
–con cristales pintados, piedras duras y hueso grabado–, y
Flandes –con carey y ébano–.
SIGLO XVIII El cambio de dinastía supuso en el terreno del mueble una clara
separación entre el mobiliario cortesano y el del resto del
país. En la Corte se impuso el gusto europeo, mientras que
el resto de los españoles siguió utilizando aún durante largo
tiempo el mueble castizo y tradicional. Los gremios adquirieron
fuerza en muchas ciudades y se trataron de reformar las viejas
ordenanzas, como propuso en 1776 la Real
Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, para
acabar con la fragmentación de los oficios. Es el siglo en
el que el mobiliario deja de ser diseñado por los ensambladores
y maestros de retablos para serlo por los arquitectos y adornistas.
Se popularizó la marquetería y el chapeado gracias al perfeccionamiento
del utillaje y a la llegada, desde las provincias americanas,
de nuevas maderas con texturas y colores variadísimos. Se
difundió el charol, es decir, la pintura que imitaba las lacas
orientales, ya utilizada desde el s. XVI pero que la moda
de lo chinesco extendió. La importación de muebles europeos,
especialmente ingleses a lo largo de las costas españolas
y franceses en la Corte, fue imponiendo un gusto internacional.
Las sillas patentizaron notablemente este cambio, haciéndose
muy populares las que derivan del estilo “reina Ana”, fabricadas
en España con variedades regionales. En Andalucía se tallaban
las palas de los respaldos, que, como las patas, se doraban
en parte; en Castilla se hacían de madera en su color y, en
la Corona de Aragón, las pintadas, doradas y achaloradas fueron
las más frecuentes. Las consolas sustituyeron a los bufetes
como mesas de arrimo. Fueron numerosísimas las de origen o
modelo italiano, talladas y doradas que reflejan el paso del
barroco al rococó como se puede apreciar en las dibujadas
por Juvarra para Felipe V (1700-1724 y 1724-1746). Proliferaron
los muebles nuevos, como las consolas rinconeras y las mesas
para usos específicos (despacho, juego, escritura), y la cómoda
que, junto al armario, acabaría por sustituir al arca como
contenedor de ropa. Derivada de las cajoneras de sacristía,
la cómoda tuvo una utilización muy abundante y, en España,
parece haberse difundido no sólo desde la Corte, sino desde
Valencia. En muchas ocasiones la cómoda se completaba con
una parte alta en la que una tapa abatible alberga unos cajones
para guardar los útiles de escribir. A finales del s. XVIII,
y a imitación de un mueble parisino de la duquesa de Béjar,
apareció en Madrid el escritorio de tambor o cilindro característico
de la época de Carlos IV (1788-1808), época en la que se impuso
el neoclasicismo en el mobiliario. Fueron los años fundamentales
de la producción del Real Taller de Ebanistería, Bronces y
Bordados, fundado por Carlos III (1759-1788). Allí se construyeron
muebles magníficos que destacan no sólo por la calidad de
la obra de ebanistería, sino por sus extraordinarias aplicaciones
de bronce dorado demolido. Adornos inusuales en el mueble
español que, por las dificultades para la fabricación de bronces
dorados, tenían sus herrajes de hierro –en las piezas más
comunes– y de plata. Las camas, como el resto de las tipologías,
reflejan las influencias extranjeras; se abandonó el uso de
la cama de pilares para utilizarse otras de grandes cabeceros
y ligeros pieceros constituidas por unas patas rematadas en
volutas o bajos pilares. Tales lechos, en los que la imperial
(muy reducida) se suspendía del techo, se hicieron generalmente
en maderas pintadas con escenas frecuentemente religiosas.
Fueron una especialidad primero de la región de Olot (Girona)
y luego, en la época de Carlos IV, del Levante.
SIGLO XIX Se caracteriza el s. XIX por la
difusión del maquinismo que, en lo que al mueble atañe, arrancó
del reinado de Carlos IV, época en la cual, en la c. de Vitoria,
empezó la fabricación en serie de muebles de asiento y, en
Vizcaya, de muebles de hierro que sustituirían a los realizados
anteriormente por los armeros. Durante el reinado de Fernando
VII (1808, 1814-1833) se produjeron dos hechos que revolucionaron
la fabricación. El primero, el establecimiento de nueva maquinaria
que permitía obtener hojas de madera de menos de media pulgada
de grosor y, el segundo, el nuevo arancel para las maderas
de importación. Éste fue consecuencia de la independencia
americana y penalizaba las maderas exóticas, sobre todo si
eran fletados en barcos extranjeros. La desaparición de los
gremios y el descenso en calidad que conllevó se palió, en
parte, gracias a las exposiciones de productos de la industria
española. Las promovidas por el rey se celebraron, en Madrid,
desde 1827, aunque ya la Junta de Comercio de Barcelona lo
había hecho en 1822. A éstas siguieron otras muchas que culminarían
con la “Exposición Internacional” de Barcelona. También gracias
a la Real Fábrica de Platería de Martínez, de Madrid, se habían
empezado a hacer bronces industriales, pero de calidad, para
muebles en 1827. Se solucionaba así una de las carencias seculares
de la fabricación española. El s. XIX se caracterizó por un
eclecticismo extremo que se acentuó en sus finales. Si los
primeros treinta años vieron un mobiliario de estilo “Imperio”
realizado en caoba de Cuba –o en maderas que la imitaban–
con tallas doradas y bronces, las décadas siguientes fueron
las del desarrollo de las primeras evocaciones del pasado,
con la recuperación de cierto aire rococó por el mueble isabelino,
sucedido por imitaciones del mobiliario renacentista tanto
español como inglés y francés. La fabricación artesana se
convirtió en algo residual, sustituida por una industria cada
vez más potente que, establecida en Valencia y Barcelona,
podía distribuir sus productos gracias a las mejoras de las
carreteras y a la construcción del ferrocarril. Esta situación
era especialmente notable en 1878, como lo demostró la participación
española en la “Exposición Universal” de París. En el último
tercio del siglo se hacían, industrialmente, muebles al estilo
Boulle, camas de hierro, sillas de madera curvada al estilo
de las de Thonet y otros muebles de madera tallada en serie.
La reacción que pretendía volver hacia el mueble artesano
y creativo se inició con las publicaciones de Manjarrés, seguidas
luego por los diseños de Pedro de Madrazo o Joan Busquets,
y que culminarían con la labor de los arquitectos catalanes
de la Reinaxença y la difusión del modernismo, destacando los muebles diseñados
por Gaudí.
SIGLO XX Si el s. XIX puede caracterizarse
por un extremo eclecticismo, puede decirse que la característica
del s. XX es la contraposición beligerante entre las vanguardias
y la inercia del s. XIX. Desde 1900 a 1970 se han sucedido
corrientes y estilos en el mobiliario que han tenido un eco
muy relativo en la sociedad, a pesar de haberse dado en una
época que ha visto la revolución obrera y la ampliación de
las clases medias que, lentamente, se han interesado por conseguir
una casa más confortable. Los periódicos y revistas han contribuido,
como el cine, a la difusión de las tendencias decorativas
y, a partir de la década de 1980, ha habido una explosión
de revistas de decoración que han ido uniformando gustos y
tendencias. Pero el primer tercio del siglo fue, en realidad,
una continuación de la centuria anterior. Siguió fabricándose
un mobiliario modernista al que se le añadió otro evocador
del pasado. Éste era, para las clases superiores, un recuerdo
de estilos pretéritos, especialmente ingleses, reflejo de
la moda impuesta en Madrid por el círculo de la reina Victoria
Eugenia, y de un falso y esperpéntico estilo “renacimiento
español” para las clases medias. El “Salón de Artes Decorativas”
de París, del año 1925, consiguió hacer pasar el Art Déco de las páginas de revistas como Blanco y Negro o Cosmópolis a los escaparates de los mueblistas. La “Exposición Universal”
de Barcelona de 1929 cobijó a los seguidores del Art Déco en el Pabellón de los Artistas Reunidos, mientras que García Mercadal –quien
había llevado a Madrid a Le Corbusier, Gropius y Theo Van
Duisburg– fundó con Josep Lluís Sert el Grupo
de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la
Arquitectura Contemporánea (Gatepac, v.), introductor
del racionalismo internacional en el diseño español, como
se reflejaría en la revista A.C. (Actividad Contemporánea).
En 1930 se fundó en Madrid Rolaco, que se fusionó en 1932
con la Mac de Fernández de Castro y Eduardo Shaw, introductores
en España de los muebles de tubo, entre otros, los de Mies
van der Rohe. Rolaco-Mac trabajó con los arquitectos más importantes
del momento como Bergamín, Arniches, Dominguez, Mercadal y
Gutiérrez Soto. Nace así el mobiliario de obras emblemáticas
de la capital como el Bar Chicote, el antiguo Club de Campo
de G. Soto y, especialmente, el edificio Capitol de L. Martínez
Feduchi y Vicente Eced. Tras el paréntesis de la Guerra Civil
(1936-1939) y las dificultades subsiguientes, surgió gracias
a Feduchi, Javier Carvajal y Carlos de Miguel la Sociedad de Estudios sobre el Diseño Industrial, iniciadora del diseño
industrial en España. Firmas como Darro o Muebles H y la revista Nueva Forma desarrollaron un interés por
el mueble nuevo, que, en principio, se utilizará para la vida
profesional, la oficina. Las exposiciones continuaron desempeñando
un papel importante. La “Trienal” de Milán (Italia) supuso
el escaparate de lo moderno español frente al pastiche hasta
entonces dominante en las esferas oficiales y patente en la Exposición Nacional de Artes Decorativas celebrada en el Retiro de Madrid en 1948. En 1964 se creó
la Feria Internacional del Mueble de Valencia, que ha servido
para dar a conocer las creaciones de los diseñadores modernos.
Con respecto a los últimos cincuenta años del s. XX, hay que
destacar la Buterfly
Chair, diseñada en 1940 por Bonet, Ferrari y Kurchan,
el mobiliario comercial de Javier Feduchi –característico
de la década de 1950–, el mobiliario comercializado por Darro
y Muebles H, típico de la década de 1960, y los diseños de
Correa y Milá en la década de 1970, cuando se produjo la explosión
creativa que ha perdurado en la década de 1990. Tomás Magro,
Alberto Lievore, Jorge Pensi, Pete Sans, Teixidó y otros han
sabido aunar funcionalidad y comodidad con los nuevos materiales.
Algunos, como Javier Mariscal, han diseñado muebles llenos
de imaginación, pero de difícil uso. Otros, como Jaume Treserra,
han repensado líneas familiares en el cine de la década de
1930, creando un mobiliario de una belleza depurada y sobria
que, en piezas como el Secreter Carpet (1987), juegan de manera
cómplice con la madera, el material tradicional del mueble.
Parece, pues, que el mueble español de finales del s. XX ha
alcanzado el equilibrio entre la fantasía y lo útil, entre
la belleza y la producción en serie, algo impensable a comienzos
de la centuria. [J.J.M.]