MUEBLE    
 
 

Cada uno de los enseres, efectos o alhajas que sirven para la comodidad o adorno en las casas.

ANTIGÜEDAD Y EDAD MEDIA  El mueble testimonia, como otros objetos de la vida cotidiana, los avatares históricos que han conformado España. Si bien no se han conservado muebles sino a partir de la época medieval, las artes y la arqueología pueden atestiguar cómo fueron en épocas remotas. La escultura prerromana nos ha dejado la prueba de la estrecha relación mantenida por los antiguos pobladores de lo que hoy es España con otros pueblos mediterráneos. Así, p. e., la llamada “Dama de Baza” se sienta en un trono cuyo origen podemos situar  en la Grecia arcaica. Del mismo modo, algunos relieves hispanorromanos nos ilustran sobre la difusión de las formas romanas entre nosotros. Pero es la miniatura mozárabe (s. X) la primera en suministrar un repertorio relativamente completo de piezas de mobiliario. Las ilustraciones al texto escrito por Beato de Liébana nos reflejan no sólo los scriptoria de los monasterios sino también  lechos compuestos por una tarimas que, elevadas sobre unas cortas patas, superponen varios colchones de gran volumen. Pero debemos esperar a la Edad Media para contar con ejemplares reales en vez de sus representaciones pintadas y esculpidas. Los ss. XI y XII resultan especialmente interesantes pues en ellos se fijan características que van a tener una larga vida y reflejan, a su vez, lo complejo de la vida y cultura peninsulares con la presencia simultánea de dos civilizaciones tan dispares como la cristiana y la musulmana, las cuales, en lo que al mobiliario respecta, se unirían para crear algo tan esencialmente hispánico como el mobiliario mudéjar. También en ésta época empiezan a regularse los oficios de la madera. Ya en 1257 figuran dos carpinteros en el Consejo de Ciento de Barcelona y, en 1270, dos veedores en Pamplona; en Aragón y Castilla, según parece, el proceso fue más tardío pero, en toda la España medieval, los artesanos se agruparon en cofradías bajo el patrocinio de santos diversos, para hacerlo ya en el s. XVI, bajo el de San José. Las cofradías se transformaron en gremios y, desde el s. XV, se conocen asentamientos de aprendices. Los gremios de la madera variaron según el lugar y el tiempo: carpinteros, ensambladores, entalladores, torneros, y desde el s. XVI, ebanistas.                
–Maderas. Los tipos de madera utilizados en la elaboración de muebles variaron, en estas épocas, según las condiciones geográficas. Sin embargo, la madera de pino fue la más común, ya que tal árbol se extiende –aun hoy en día– prácticamente por toda España, salvo en el N., donde el roble, el castaño y el haya son las maderas propias, mientras que el abedul lo es de la zona mediterránea y el nogal y la encina de Castilla. Por otra parte, el boj y el ciprés eran maderas apreciadas en todo el país.                       
–Construcción y decoración. Hasta la invención de la sierra hidráulica a comienzos del s. XIV, que permitió transformar los troncos en tablones, las piezas eran de considerable grosor. Quizás ya desde el s. XIII y por influencia islámica, se utilizaron paneles engargolados que permiten el juego de la madera. Aparecieron los ensamblajes en cola de milano que se aseguraron, todavía durante largo tiempo, con piezas de hierro que servían, a la vez, como decoración. Ésta pronto se completaría con talla, tracería y pintura. Las tallas, bien directas o bien aplicadas a las superficies, utilizan motivos figurados y, desde finales del s. XV, la llamada de “pergaminos plegados” que, originaria de Flandes, tendría un gran éxito. Son frecuentes las tallas caladas con elementos arquitectónicos, muchas veces pintadas y doradas, técnica característica de Valencia ya en el s. XV.
–El mobiliario y sus tipos. Los muebles más antiguos conservados son asientos; de entre ellos, la llamada “silla de San Ramón” es la más antigua conocida puesto que su fabricación se sitúa entre 1076 y 1126, fechas durante las cuales San Ramón Guillén fue obispo de Roda de Isábena y Barbastro (Huesca). Es un faldistorio derivado de la silla romana, es decir, un asiento de jerarquía, y fue robado en 1979. Su decoración tallada deriva directamente de ilustraciones de manuscritos oscenses. Del s. XIII son la silla episcopal también de Roda de Isábena y el banco de Taüll (Barcelona, Museo de Arte de Cataluña), ambos cobijados por una especie de baldaquino y construidos con paneles inscritos en muchas ranuras de los montantes según la aludida técnica islámica de origen egipcio. Entre los escasos objetos conservados de la Alta Edad Media se deben señalar las arquetas de forma rectangular con tapas que pueden ser planas, a dos aguas, curvas y de artesa. De rudimentaria construcción, se decoraron con placas de metal, marfil, esmalte o taracea; a veces se pintaron o tallaron como las cordobesas del s. X, con atauriques. A partir del s. XIII se difundió el arca que podía ser de madera vista o estar cubierta de cuero (encoradas) o de terciopelo (ensayalada). Las había de uso doméstico, generalmente con patas y cubierta plana, o de viaje, caracterizadas por carecer de soporte y tener la tapa curva. Las hubo con adornos de tiras de hierro que servían de refuerzo y como bisagras y se llamaron “de Flandes”. Las arcas catalanas constituyeron una novedad. Tienen un alto soporte formado por una sucesión de molduras que se ensanchan progresivamente y que, en ocasiones, ocultan un cajón. Su frente presenta un montante con la cerradura y, a ambos lados, se disponen dos paneles simétricos. En las llamadas “arcas de novia”, el derecho se abre para acceder a cuatro cajones, el primero de los cuales se utiliza levantando la tapa superior. Decoradas con tallas de tracería, dorados y pinturas, se las suele motejar “a la manera de Valencia” y “de Mesina”, lo que podría indicar su origen. También fueron abundantes en Cataluña las arquetas decoradas con planchas de metal estampado y dorado y, en otras ocasiones, recubiertas con telas recubiertas, a su vez, de yeso que se decoraba a molde para ser posteriormente dorado y pintado. Los armarios fueron prácticamente inexistentes y las camas, estimadas por sus colgaduras y no por sus maderas, han desaparecido y sólo se conocen a través de las artes plásticas. Las mesas fueron de dos tipos: de comer y de escribir. Las primeras, desarmables, estaban constituidas por borriquetas que servían de apoyo a tableros. Las de escribir fueron, en un principio, dos tablas horizontales y paralelas separadas por otras tres verticales y más pequeñas con huecos para los útiles de escribir. Al tablero, inclinado hacia el escribiente, se le añadieron tablones o partes laterales para apoyar en el suelo. Por lo que a los asientes se refiere, hasta el s. XIV se mantuvo la costumbre islámica de sentarse en el suelo sobre almohadas, lo que daría origen a la pieza de recibo característicamente hispánica, el estrado, utilizado especialmente por las damas ya desde el s. XII. Las cátedras son los asientos de mayor jerarquía, caracterizados por un alto respaldo. Cabe recordar como ejemplos la del monasterio de Uclés (Cuenca) o la mallorquina de Alfabia. Los bancos fueron de uso litúrgico y doméstico y responden a diversos tipos: con o sin respaldo, siendo éste alto o bajo, fijo o móvil. Asiento popular con tres o cuatro patas y sin respaldo es el escabel. Las sillas de tijera, derivadas del faldistorio, fueron asientos que indicaban jerarquía y en el s. XV, por influencia italiana, se difundieron las plegables de costillas que se hispanizarían en las mudéjares conocidas como jamugas. El mueble mudéjar es el más  genuinamente hispánico del medieval español y su fabricación se extendió hasta el s. XVI avanzado. De los más antiguos ejemplares son las sillas de coro como las de Gradefes (León; Museo Arqueológico Nacional), de estructura gótica ensamblada con caja y espiga, y cuyas patas se decoran con atauriques toledanos. Entre los armarios destacan el de la catedral de León, del s. XIII, con cubierta a cuatro aguas y decoración de lazos. Característica del mobiliario mudéjar es la técnica de la taracea que, de origen egipcio, fue introducida en Europa por los musulmanes y se utilizó en España hasta el s. XVIII, época en la que fue sustituida por la marquetería. Consistía en incrustar y encolar láminas finas de maderas de colores vivos en otra madera que luego se unía a la superficie que se quería decorar por medio de pequeños clavos; se solían añadir a las maderas otras materias como hueso y marfil. Utilizada en Córdoba desde el s. XII, se hizo uso de ella posteriormente en Granada y Sevilla y, ya en el s. XVI, en Toledo y Aragón. Con taracea granadina realizada en boj y ébano se decoraron las sillas plegables conocidas como jamugas. Derivadas de sillas toscanas del s. XV, originadas, a la vez, en las curules romanas, toman su nombre de las utilizadas para montar a caballo. Difundidas desde la época de Juan II de Castilla (1406-1454), son plegables, tienen una estructura en forma de ‘X’, de rasgos curvos; su asiento y respaldo de cuero, los pies unidos por travesaños en forma de zapata, mientras que los brazos, curvos, unen la parte delantera a la trasera a la vez que fijan el respaldo.

SIGLOS XVI Y XVII  El reinado de los Reyes Católicos supuso el inicio de la difusión y aceptación de nuevas formas artísticas italianas. Los muebles, conservando una estructura medieval, recibieron una decoración plateresca. Aparecieron nuevas tipologías como la del que –utilizando una palabra del s. XIX– es conocido por bargueño. Los descubrimientos geográficos y la expansión por América y el Océano Pacífico introdujeron nuevas materias y tipologías. El colorido de las maderas de Indias permitió más incrustaciones y marqueterías de efectos variadísimos. De América llegarían las petacas de cuero y las putacas venezolanas. El comercio con China y Japón por intermedio de las Filipinas convirtió a España y Portugal en pioneras de las influencias orientales, y de Oriente llegaron a la Península, entre otros objetos, los camones o los biombos.          
–Maderas y técnicas. Pino y nogal, haya, abedul, castaño, roble y encina eran las maderas indígenas más utilizadas, pero a ellas se deben añadir tanto el boj y olivo, empleadas en taraceas y marqueterías, como el avellano. Entre las exóticas, cedro, caoba, cocobolo, jacarandá, granadillo y ébano. Además, el hueso, el marfil y el carey –procedente del golfo de México–, la plata, el latón, el bronce, el cobre y el hierro, contribuyeron a la riqueza y policromía del mobiliario. En cuanto a las técnicas, los torneados fueron abundantísimos en los muebles de carpintería, como las molduras rizadas de origen foráneo. Muchos muebles eran desmontables gracias a los pernios con que se armaban. Los ensamblajes se realizaban con caja y espiga y, en arcas y cajones, con colas de milano. Las tablas de las mesas se unían a los pies gracias a grandes zapatas alojadas en una escotadura en la parte inferior, asegurándose el mueble con unos fiadores de hierro.     
–Tipologías. El asiento más difundido en el s. XVI fue la llamada “silla francesa” plegable y con asiento y respaldo de cuero, como las llamadas en Francia “perroquet”. Se fabricaron en gran número en Aragón, y, posiblemente, el centro de producción fue Zaragoza. Plegables fueron también las de costillas y caderas que fueron especialidad de Granada. Pero el asiento español por antonomasia fue la silla de brazos que hoy conocemos como “sillón frailero”. De origen posiblemente italiano, se popularizó en toda Europa gracias al retrato de nuestros monarcas. De construcción muy simple, respaldo recto que, como el asiento, es de cuero o de tela, variaría muy poco a lo largo del tiempo. Sólo sus chambranas y la terminación de los brazos cambiarían, aunque también se constatan pequeñas variantes según las regiones en que se fabricaron. Junto a estos asientos, que a veces se denominan “sillas de cardenal” o “sillas de baqueta de Moscovia”, se utilizaron los llamados “taburetes”, nombre que hoy corresponde a las sillas sin brazos. Las hubo bajas, que eran las utilizadas por las damas en el estrado. Los sitiales, que hoy llamamos “banquetas”, eran asientos propios de las antesalas. A finales del s. XVII aparecieron las llamadas “sillas a la portuguesa” con alto respaldo rematado por un copete escoltado por manzanillas metálicas, patas torneadas, chambrana frontal y asiento que, como el respaldo, era de cuero labrado. Los bancos y escaños siguieron usándose en zaguanes y cocinas, mientras que la putaca era un asiento cómodo y bajo copiado de los utilizados por los indios caribes para sestear. Las camas se componían de un lecho o catre y de un cielo o imperial de forma y tamaño variable. El lecho tenía una armazón –generalmente con cabecero y piecero– unida por pernios. Los cabeceros más frecuentes tenían hileras de arquillos soportados en balaustres torneados. Unos pilares lisos, abalaustrados o torneados soportaban la imperial, que se componía de cielo y goteras de tela. Cuando el lecho y la imperial eran del mismo tamaño, la cama se denominaba “de pilares”, mientras que las “de pabellón” tenían un dosel más pequeño de donde arrancaban las cortinas que iban a las cuatro esquinas con pilares bajos. Las “camas a la portuguesa”, muy difundidas, combinaban los torneados con aplicaciones de metal dorado; en las “de Nápoles” eran características unas maderas talladas, doradas y plateadas, con rica talla especialmente en la cornisa de la imperial. Por lo que a las mesas se refiere, éstas eran construidas por distintos “gremios” según las maderas utilizadas. Las hubo plegables, de doblar o de bisagras; otras, con una fila de cajones bajo el tablero; pero la más característica quizás fuera la llamada “bufete”, de forma troncocónica y en un principio construida con patas cilíndricas reunidas por una chambrana y, luego, con patas de lira aseguradas por fiadores de hierro. Hubo mesas de materias ricas como plata y piedras duras –estas últimas generalmente fabricadas en Italia–, y de reducidas dimensiones para ser utilizadas sobre el estrado. Las arcas se siguieron utilizando para guardar la ropa, y su decoración fue reflejando el paso del gótico al Renacimiento y de éste al barroco. Talladas, pintadas, recubiertas de tejido o encoradas no faltan en ninguna casa. Apareció también el armario, que se utilizaba para guardar papeles y objetos, rematado a veces con una alacena. Los escaparates, generalmente construidos con aplicaciones de concha y marfil, con metales embutidos, eran vitrinas dedicadas a la exhibición de objetos preciados. Los escritorios son posiblemente de origen oriental; a finales del s. XV apareció en la Corona de Aragón el hoy llamado bargueño. Su primer centro de producción debió de ser Valencia, gracias a los contactos marítimos que mantenía la c. De estructura horizontal, era una gran caja que, con o sin tapas, guardaba una serie de cajoncillos. Sus tableros solían machihembrarse; las tapas se construían con un tablero cabeceado uniéndose a la caja por medio de unos goznes; se cerraban con una gran cerraja y unos pasadores en las esquinas superiores de la tapa; unas aldabas laterales facilitaban su transporte y un triedro metálico empezó a hacer las veces de cantonera desde el s. XVII. Los escritorios se disponían sobre un mueble con puertas y cajones llamado “pie cerrado”, o sobre un “pie abierto” formado por unas patas verticalmente unidas por una chambrana bajo un tablero. Ya en el s. XVI fue frecuente el posarlos sobre un bufete. El llamado “pie de puente” parece ser una recreación del s. XIX. En el s. XVI solían presentar dos tapas: una abatible para escribir y otra superior que oculta una fila de cajones dispuestos en forma de ‘U’. Pronto a los cajones del frente se añadieron una o más portezuelas que se denominaban “capillas”. La estructura y la decoración evolucionaron en contacto con la arquitectura, quedando en ellas patente el reflejo de tratados como los de Serlio o Vignola. De tradición mudéjar se fabricaron en Aragón –donde se los llamaba “arquimesas”–, siendo los más populares en el s. XVII los conocidos como “de Salamanca”, caracterizados por presentar arquillos y columnillas de hueso en el frente de sus cajones, que suelen estar dorados y policromados. Quizás de origen flamenco sean los que combinan el ébano con incrustaciones de metal dorado y abundantes aplicaciones de latón o bronce dorado. Se llamaron “papeleras” cuando su destino fue la custodia de papeles y de objetos preciosos, y es precisamente este tipo el que perduró hasta el s. XVIII. Se fabricaron en toda España, pero también se importaron de Alemania –con ricas marqueterías de maderas de colores–, Italia –con cristales pintados, piedras duras y hueso grabado–, y Flandes –con carey y ébano–.

SIGLO XVIII  El cambio de dinastía supuso en el terreno del mueble una clara separación entre el mobiliario cortesano y el del resto del país. En la Corte se impuso el gusto europeo, mientras que el resto de los españoles siguió utilizando aún durante largo tiempo el mueble castizo y tradicional. Los gremios adquirieron fuerza en muchas ciudades y se trataron de reformar las viejas ordenanzas, como propuso en 1776 la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, para acabar con la fragmentación de los oficios. Es el siglo en el que el mobiliario deja de ser diseñado por los ensambladores y maestros de retablos para serlo por los arquitectos y adornistas. Se popularizó la marquetería y el chapeado gracias al perfeccionamiento del utillaje y a la llegada, desde las provincias americanas, de nuevas maderas con texturas y colores variadísimos. Se difundió el charol, es decir, la pintura que imitaba las lacas orientales, ya utilizada desde el s. XVI pero que la moda de lo chinesco extendió. La importación de muebles europeos, especialmente ingleses a lo largo de las costas españolas y franceses en la Corte, fue imponiendo un gusto internacional. Las sillas patentizaron notablemente este cambio, haciéndose muy populares las que derivan del estilo “reina Ana”, fabricadas en España con variedades regionales. En Andalucía se tallaban las palas de los respaldos, que, como las patas, se doraban en parte; en Castilla se hacían de madera en su color y, en la Corona de Aragón, las pintadas, doradas y achaloradas fueron las más frecuentes. Las consolas sustituyeron a los bufetes como mesas de arrimo. Fueron numerosísimas las de origen o modelo italiano, talladas y doradas que reflejan el paso del barroco al rococó como se puede apreciar en las dibujadas por Juvarra para Felipe V (1700-1724 y 1724-1746). Proliferaron los muebles nuevos, como las consolas rinconeras y las mesas para usos específicos (despacho, juego, escritura), y la cómoda que, junto al armario, acabaría por sustituir al arca como contenedor de ropa. Derivada de las cajoneras de sacristía, la cómoda tuvo una utilización muy abundante y, en España, parece haberse difundido no sólo desde la Corte, sino desde Valencia. En muchas ocasiones la cómoda se completaba con una parte alta en la que una tapa abatible alberga unos cajones para guardar los útiles de escribir. A finales del s. XVIII, y a imitación de un mueble parisino de la duquesa de Béjar, apareció en Madrid el escritorio de tambor o cilindro característico de la época de Carlos IV (1788-1808), época en la que se impuso el neoclasicismo en el mobiliario. Fueron los años fundamentales de la producción del Real Taller de Ebanistería, Bronces y Bordados, fundado por Carlos III (1759-1788). Allí se construyeron muebles magníficos que destacan no sólo por la calidad de la obra de ebanistería, sino por sus extraordinarias aplicaciones de bronce dorado demolido. Adornos inusuales en el mueble español que, por las dificultades para la fabricación de bronces dorados, tenían sus herrajes de hierro –en las piezas más comunes– y de plata. Las camas, como el resto de las tipologías, reflejan las influencias extranjeras; se abandonó el uso de la cama de pilares para utilizarse otras de grandes cabeceros y ligeros pieceros constituidas por unas patas rematadas en volutas o bajos pilares. Tales lechos, en los que la imperial (muy reducida) se suspendía del techo, se hicieron generalmente en maderas pintadas con escenas frecuentemente religiosas. Fueron una especialidad primero de la región de Olot (Girona) y luego, en la época de Carlos IV, del Levante.

SIGLO XIX  Se caracteriza el s. XIX por  la difusión del maquinismo que, en lo que al mueble atañe, arrancó del reinado de Carlos IV, época en la cual, en la c. de Vitoria, empezó la fabricación en serie de muebles de asiento y, en Vizcaya, de muebles de hierro que sustituirían a los realizados anteriormente por los armeros. Durante el reinado de Fernando VII (1808, 1814-1833) se produjeron dos hechos que revolucionaron la fabricación. El primero, el establecimiento de nueva maquinaria que permitía obtener hojas de madera de menos de media pulgada de grosor y, el segundo, el nuevo arancel para las maderas de importación. Éste fue consecuencia de la independencia americana y penalizaba las maderas exóticas, sobre todo si eran fletados en barcos extranjeros. La desaparición de los gremios y el descenso en calidad que conllevó se palió, en parte, gracias a las exposiciones de productos de la industria española. Las promovidas por el rey se celebraron, en Madrid, desde 1827, aunque ya la Junta de Comercio de Barcelona lo había hecho en 1822. A éstas siguieron otras muchas que culminarían con la “Exposición Internacional” de Barcelona. También gracias a la Real Fábrica de Platería de Martínez, de Madrid, se habían empezado a hacer bronces industriales, pero de calidad, para muebles en 1827. Se solucionaba así una de las carencias seculares de la fabricación española. El s. XIX se caracterizó por un eclecticismo extremo que se acentuó en sus finales. Si los primeros treinta años vieron un mobiliario de estilo “Imperio” realizado en caoba de Cuba –o en maderas que la imitaban– con tallas doradas y bronces, las décadas siguientes fueron las del desarrollo de las primeras evocaciones del pasado, con la recuperación de cierto aire rococó por el mueble isabelino, sucedido por imitaciones del mobiliario renacentista tanto español como inglés y francés. La fabricación artesana se convirtió en algo residual, sustituida por una industria cada vez más potente que, establecida en Valencia y Barcelona, podía distribuir sus productos gracias a las mejoras de las carreteras y a la construcción del ferrocarril. Esta situación era especialmente notable en 1878, como lo demostró la participación española en la “Exposición Universal” de París. En el último tercio del siglo se hacían, industrialmente, muebles al estilo Boulle, camas de hierro, sillas de madera curvada al estilo de las de Thonet y otros muebles de madera tallada en serie. La reacción que pretendía volver hacia el mueble artesano y creativo se inició con las publicaciones de Manjarrés, seguidas luego por los diseños de Pedro de Madrazo o Joan Busquets, y que culminarían con la labor de los arquitectos catalanes de la Reinaxença y la difusión del modernismo, destacando los muebles diseñados por Gaudí.

SIGLO XX Si el s. XIX puede caracterizarse por un extremo eclecticismo, puede decirse que la característica del s. XX es la contraposición beligerante entre las vanguardias y la inercia del s. XIX. Desde 1900 a 1970 se han sucedido corrientes y estilos en el mobiliario que han tenido un eco muy relativo en la sociedad, a pesar de haberse dado en una época que ha visto la revolución obrera y la ampliación de las clases medias que, lentamente, se han interesado por conseguir una casa más confortable. Los periódicos y revistas han contribuido, como el cine, a la difusión de las tendencias decorativas y, a partir de la década de 1980, ha habido una explosión de revistas de decoración que han ido uniformando gustos y tendencias. Pero el primer tercio del siglo fue, en realidad, una continuación de la centuria anterior. Siguió fabricándose un mobiliario modernista al que se le añadió otro evocador del pasado. Éste era, para las clases superiores, un recuerdo de estilos pretéritos, especialmente ingleses, reflejo de la moda impuesta en Madrid por el círculo de la reina Victoria Eugenia, y de un falso y esperpéntico estilo “renacimiento español” para las clases medias. El “Salón de Artes Decorativas” de París, del año 1925, consiguió hacer pasar el Art Déco de las páginas de revistas como Blanco y Negro o Cosmópolis a los escaparates de los mueblistas. La “Exposición Universal” de Barcelona de 1929 cobijó a los seguidores del Art Déco en el Pabellón de los Artistas Reunidos, mientras que García Mercadal –quien había llevado a Madrid a Le Corbusier, Gropius y Theo Van Duisburg– fundó con Josep Lluís Sert el Grupo de Arquitectos y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea (Gatepac, v.), introductor del racionalismo internacional en el diseño español, como se reflejaría en la revista A.C. (Actividad Contemporánea). En 1930 se fundó en Madrid Rolaco, que se fusionó en 1932 con la Mac de Fernández de Castro y Eduardo Shaw, introductores en España de los muebles de tubo, entre otros, los de Mies van der Rohe. Rolaco-Mac trabajó con los arquitectos más importantes del momento como Bergamín, Arniches, Dominguez, Mercadal y Gutiérrez Soto. Nace así el mobiliario de obras emblemáticas de la capital como el Bar Chicote, el antiguo Club de Campo de G. Soto y, especialmente, el edificio Capitol de L. Martínez Feduchi y Vicente Eced. Tras el paréntesis de la Guerra Civil (1936-1939) y las dificultades subsiguientes, surgió gracias a Feduchi, Javier Carvajal y Carlos de Miguel la Sociedad de Estudios sobre el Diseño Industrial, iniciadora del diseño industrial en España. Firmas como Darro o Muebles H y la revista Nueva Forma desarrollaron un interés por el mueble nuevo, que, en principio, se utilizará para la vida profesional, la oficina. Las exposiciones continuaron desempeñando un papel importante. La “Trienal” de Milán (Italia) supuso el escaparate de lo moderno español frente al pastiche hasta entonces dominante en las esferas oficiales y patente en la Exposición Nacional de Artes Decorativas celebrada en el Retiro de Madrid en 1948. En 1964 se creó la Feria Internacional del Mueble de Valencia, que ha servido para dar a conocer las creaciones de los diseñadores modernos. Con respecto a los últimos cincuenta años del s. XX, hay que destacar la Buterfly Chair, diseñada en 1940 por Bonet, Ferrari y Kurchan, el mobiliario comercial de Javier Feduchi –característico de la década de 1950–, el mobiliario comercializado por Darro y Muebles H, típico de la década de 1960, y los diseños de Correa y Milá en la década de 1970, cuando se produjo la explosión creativa que ha perdurado en la década de 1990. Tomás Magro, Alberto Lievore, Jorge Pensi, Pete Sans, Teixidó y otros han sabido aunar funcionalidad y comodidad con los nuevos materiales. Algunos, como Javier Mariscal, han diseñado muebles llenos de imaginación, pero de difícil uso. Otros, como Jaume Treserra, han repensado líneas familiares en el cine de la década de 1930, creando un mobiliario de una belleza depurada y sobria que, en piezas como el Secreter Carpet (1987), juegan de manera cómplice con la madera, el material tradicional del mueble. Parece, pues, que el mueble español de finales del s. XX ha alcanzado el equilibrio entre la fantasía y lo útil, entre la belleza y la producción en serie, algo impensable a comienzos de la centuria. [J.J.M.]