MEDICINA    
 
 

La evolución en el tiempo de la medicina española, al igual que la medicina en Occidente, ha experimentado cambios en relación con los sistemas médicos vigentes en cada periodo. Así pues, la paleomedicina presente en los territorios de la Península Ibérica es una mezcla inseparable de creencias mágico-religiosas y de prácticas empíricas. Las manifestaciones más espectaculares de la misma, como las trepanaciones, han sido estudiadas por Domingo Campillo. La riqueza del arte rupestre español ha ofrecido una notable fuente complementaria para la historia de los orígenes de nuestra medicina, aportando incluso la representación de un hechicero sanador. La medicina de las distintas culturas protohistóricas –tartesia, ibera, celta y celtíbera– estuvo reducida también a un nivel empírico-creencial. Quizá su aspecto más destacado sea la presencia de un notable conocimiento empírico acerca de las propiedades terapéuticas de numerosas fuentes de aguas termales y de ciertas plantas como la “cantábrica y betónica”. La medicina de estas culturas fue influida más tarde por la de los pueblos colonizadores y conquistadores. El aporte de fenicios y cartagineses fue muy complejo. Incluye productos de aplicación médica y también utensilios muy probablemente utilizados como instrumentos quirúrgicos. Se extiende así mismo el terreno de las creencias y de las divinidades médicas, siendo digno de destacar el gran santuario que en Cartago Nova había dedicado a Eschmúm, el dios púnico de la fuerza vital y de la curación.

MEDICINA EN LA EDAD ANTIGUA Y ÉPOCA VISIGODA La influencia griega plantea la sugestiva cuestión de los orígenes de la medicina científica en nuestro país. Sin embargo, los datos existentes acerca de la misma, procedentes en su mayoría de Ampurias, no permiten asegurar nada en este sentido. La conquista primero y la colonización romana después significaron una etapa radicalmente distinta para la medicina en la Península, ya que se introdujo entonces la medicina científica helenística vigente en la metrópoli. De modo semejante a las demás provv. occidentales del Imperio y a la propia Roma, la mayor parte de los médicos con formación científica eran de origen griego. El más famoso de todos ellos fue Antonio Musa, que consiguió curar en territorio hispano al emperador Octavio aquejado de una grave enfermedad. En cuanto a la literatura médica escrita por peninsulares su importancia es muy reducida, limitándose a las referencias contenidas en la obra de Séneca y a algunas noticias sueltas del tratado agronómico de Columela. Únicamente en un periodo ya tardío (ss. III-IV) encontramos un autor de gran interés para la medicina. Se trata de Calcidio, archidiácono de Osio, obispo de Córdoba, que escribió por mandato suyo una traducción latina, con amplio comentario del Timeo, de Platón, que fue la única fuente que tuvo la Edad Media occidental para conocer la obra de este filósofo hasta aproximadamente el s. XII. De origen probablemente griego, Calcidio se muestra un buen conocedor de la medicina y de la ciencia antigua, su obra es una labor de síntesis que anuncia ya las características de los compiladores medievales. De gran interés es el desarrollo de la higiene en el periodo hispanorromano. Gracias a textos técnicos como el de Vitruvio y a la monografía de Sextus Julius Frontinus, De aquis urbis Romae, conocemos la organización de abastecimiento de aguas por medio de grandes acueductos. Algo semejante tendríamos que decir de otras instalaciones como las termas y los sistemas de desagüe y cloacas, todas la cuales, lo mismo que la organización administrativa de los problemas sanitarios urbanos, fueron meras réplicas de lo existente en la propia c. imperial.                  
En la España visigótica de los ss. VI y VII, cuya máxima expresión cultural fue la obra de San Isidoro de Sevilla, nos encontramos con las primeras manifestaciones de la gran empresa que fue el centro de la medicina medieval hispánica, es decir, la recuperación para la Europa occidental del saber médico de la antigüedad clásica. Varias circunstancias hicieron posible que la medicina isidoriana fuera el primer puente de importancia entre los tiempos antiguos y medievales. En primer lugar, la existencia de una tradición hispano-latina de importancia, cuya conservación estaba facilitada por el avanzado grado de romanización del pueblo visigodo. En segundo término, la directa presencia de lo griego, que significó la ocupación bizantina del SE. peninsular a lo largo del s. VI. A este respecto hay que recordar hechos tan significativos como el viaje que San Leandro, hermano y maestro de San Isidoro, realizó a Constantinopla. La presencia griega en este momento español se materializó en la esfera médica en figuras como el obispo de Mérida, Paulo, que sabemos que llegó a realizar una operación cesárea, y sobre todo Masona, su sucesor en el episcopado y fundador en dicha c. hacia el año 580 de un gran hospital de tipo bizantino. San Isidoro recogió, en primer lugar, la tradición hispano-romana. El Liber de natura rerum, está basado en las Cuestiones naturales, de Séneca. En segundo término, conoció directamente el saber clásico a través de fuentes griegas. Pero, además, en su obra aparece un tercer elemento que Sudhoff, el gran historiador de la medicina, supo poner en claro: el NO. de África, desde Mauritania y Numidia hasta Cartago, “una pieza de carácter especial en la cadena de relaciones seculares entre ambos continentes”. Por ello, numerosos médicos del Africa Menor influyeron sobre San Isidoro, sobre todo Celio Aureliano, el importante númida de la escuela metódica. La importancia del obispo hispalense reside en su interés por las cosas humanas, por la ciencia, precisamente cuando el conocimiento tendía a limitarse a lo eclesiástico. Quizás ésta fue la razón principal de que las nociones médicas que incluye en el libro IV de sus famosas Etimologías, y las anatómicas y las terapéuticas de los libros XI, XIII y XVII, tuvieran una decisiva influencia en toda la Europa de la Alta Edad Media, en especial a través de la medicina carolingia y de la medicina monástica centroeuropea y británica. En la obra de San Isidoro aparecen nuestros primeros textos de tema higiénico, principalmente representados por los restos de la dietética clásica, contenidos en las secciones segunda y tercera del libro XX de las Etimologías, y por el capítulo que dedica a la peste en su Liber de natura rerum. La monarquía visigótica desapareció el año 711, setenta y cinco después de la muerte de san Isidoro. Comenzó entonces un periodo de extraordinario relieve dentro de la historia de la medicina peninsular: el de la España musulmana.

MEDICINA HISPANO-MUSULMANA Y JUDÍA Un hecho que ha aclarado terminantemente la investigación histórica es la personalidad propia que tuvo la medicina hispano-musulmana dentro de la cultura islámica. Ello no se debe solamente a su separación cronológica y geográfica respecto de la ciencia árabe oriental. La posición de los musulmanes españoles alcanza su adecuada perspectiva en la historia de la medicina universal si se recuerda que eran un pueblo formado por la fusión de los escasos invasores –berberiscos, en su mayoría– con un noventa por ciento de la población española. Muy significativo resulta el hecho lingüístico de que este pueblo, que en su mayoría creía en Alá, y que en sus obras literarias se servía del árabe, hacía uso ordinario de una lengua romance, lo mismo que sus vecinos, los cristianos del N., que mantuvieron durante largo tiempo el latín como idioma culto. La comunicación entre ambas zonas religiosas españolas fue en casi todo momento más intensa de lo que habitualmente se piensa. En esta comunicación, así como en el desarrollo de la ciencia en Al-Andalus y en los reinos cristianos, desempeñaron un papel de singular importancia los judíos españoles, que hablaban también las lenguas romances correspondientes. La cultura médica hispano-islámica tuvo dos épocas de esplendor: la primera coincide con el Califato de Córdoba (ss. X-XI hasta la invasión almorávide), y la segunda, con el periodo de los reinos de taifas, comprendido entre la caída de los almorávides y la invasión almohade (ss. XI-XII). Con posterioridad a esta invasión, la medicina hispano-musulmana ofreció todavía algunas contribuciones de interés, pero el centro de actividad se desplazó, como luego veremos, a los engrandecidos reinos cristianos. La primera de las épocas citadas se inició, desde el punto de vista médico, con la asimilación del saber farmacológico de la Antigüedad, contenido como es sabido, en la monumental obra de Dioscórides. Un fiel reflejo de las circunstancias es el hecho de que el emperador bizantino Constantino VII (913-959) no encontrara mejor presente para obsequiar al califa cordobés ‘Abd al-Rahman III (912-961) que un códice griego de este libro, que fue traducido inmediatamente al árabe por su médico judío Hasdai ibn Shaprut. Éste fue el punto de partida de una amplia serie de comentarios y ediciones del tratado, entre el que destaca el realizado por el toledano Ibn al-Wafid, creador, durante el s. X, en Toledo de uno de los primeros jardines botánicos europeos. Pero la figura médica más destacada de este periodo es Abulcasis, autor del tratado de cirugía más importante e influyente de todos los escritos en lengua árabe, y modelo directo, a través de su traducción latina, de todo el saber quirúrgico del Occidente cristiano medieval. La edad de oro de la medicina hispano-islámica es la época de los reinos de taifas, de los ss. XI y XII. Pertenecen a dicho momento un conjunto muy numeroso de figuras de primera importancia en casi todas las esferas del saber. Dentro de la medicina, bastará recordar las ingentes personalidades de Averroes, Maimónides y Avenzoar. La obra filosófica de los dos primeros hace en ocasiones olvidar que Averroes escribió textos médicos de tanto relieve como la enciclopedia que los latinos conocieron con el nombre de Colliget, y que Maimónides fue el médico de criterio objetivo e independiente que nos descubren sus monografías clínicas, sus Aforismos y su Regimen sanitatis, modelo este último de cuantos tratados de dietética se escribieron en la Edad Media. En cuanto a Avenzoar, fue, sin duda, junto al persa Rhazes, el más grande clínico de toda la Edad Media. Su obra más importante, el Taisir, incluye numerosas descripciones originales de enfermedades, principalmente cardiacas. Fue también uno de los adelantados de la parasitología, gracias a su estudio del arador de la sarna. El periodo final de la medicina hispano-musulmana ofrece todavía personalidades de tanto relieve como el farmacólogo Ibn al-Baytar (s. XIII), autor, entre otros escritos, de un tratado que estudia por orden alfabético más de mil cuatrocientos medicamentos, de los cuales trescientos son nuevos. Pero esta obra tardía, como los valiosos tratados de medicina interna y de cirugía que en el s. XIV escribieron, respectivamente, Ibn al-Khatib y el crevillentino Muhammad al-Shafra, no fueron traducidos al latín, como los anteriores, y no influyeron por ello directamente en la evolución de la medicina europea occidental.               
Un capítulo de extraordinario interés de la medicina hispano-islámica es el correspondiente a la higiene. Las instalaciones sanitarias de las ciudades alcanzaron entonces un nivel que superaba ampliamente el de la época romana, y al que la Europa cristiana no llegaría, bajo muchos aspectos, hasta las grandes reformas del s. XIX. Las termas alcanzaron también gran desarrollo en la España musulmana. No había ciudad, por poco importante que fuera, que no tuviera varias casas de baño –en la Córdoba del s. X pasaban de quinientos–, con su personal de masajistas y mozos de servicio. En el campo de los estudios higiénicos, el esplendor de la cultura hispano-islámica se refleja también en un panorama de auténtica importancia. Entre otros muchos escritos que a este respecto podrían citarse, recordaremos en primer término las exposiciones de dietética e higiene contenidas en las obras antes citadas de Averroes, Avenzoar y Maimónides, y en segundo lugar, los estudios epidemiológicos. El más interesante es el debido al almeriense Ibn Játima, que incluye una excelente explicación del problema de contagio, así como consideraciones generales geoclimáticas, profilácticas y terapéuticas.

MEDICINA EN LA EDAD MEDIA La principal contribución de la España cristiana medieval a la medicina del Occidente europeo consistió en trasmitirle de modo sistemático el inmenso tesoro del saber greco-árabe. Gracias a Millás Vallicrosa sabemos hoy que la labor de traducción y asimilación de este último comenzó, en lo relativo a las ciencias exactas, en pleno periodo románico, en los scriptoria de los monasterios del N. de España. Continuó luego de forma ininterrumpida, hasta alcanzar una espléndida coronación en las escuelas de traductores de Toledo. Cuando Toledo, a fines del s. XI, se rindió a las armas cristianas, se convirtió en el centro de la medicina española y al mismo tiempo de la europea. Estaban reunidas allí las obras de los autores islámicos y judíos y las versiones árabes de los escritos de la antigüedad clásica. Todos estos textos fueron dados a conocer al Occidente europeo por medio de las traducciones salidas de una escuela, cuya fundación se debió principalmente al arzobispo don Raimundo. Entre los primeros traductores de la misma hay que recordar al arcediano Domingo Gundisalvo (o González) y al judío Juan Avendeut Hispano (Juan de Luna), que trabajaron en colaboración en gran número de obras. En 1134 se incorporó un italiano, Gerardo de Cremona, que aprendió el árabe en Toledo y que permaneció allí hasta su muerte. Desplegó una incansable labor, traduciéndose bajo su dirección cerca de noventa textos. Este primer grupo enlaza con el segundo (Miguel Scoto, Hermann el Alemán, etc.) a través de la personalidad del canónigo Marcos Toledano, otro importante traductor de la segunda mitad del s. XII. Resulta innecesario siquiera glosar la trascendencia de esa labor que, junto a la realizada en otros centros españoles (Tarazona, Barcelona, Burgos, etc.) e italianos (Sicilia, Nápoles) de menor importancia, posibilitó el desarrollo de la medicina escolástica y arabizada de la Baja Edad Media. A este respecto basta consultar cualquier lista de las obras traducidas en Toledo, que incluye las obras de Hipócrates y de Galeno, los escritos clínicos de Rhazes, el Canon de Avicena, el tratado quirúrgico de Abulcasis y tantos otros textos decisivos en la evolución de la medicina europea. La España bajomedieval contribuyó con obras y figuras de primera importancia al conjunto de la medicina europea. Es obligado destacar la estrecha relación mantenida con centros como la escuela médica de Montpellier y las universidades italianas, en las que estudiaron y enseñaron muchos de nuestros mejores médicos. De todos ellos destaca, sin duda alguna, la personalidad excepcional de Arnau de Vilanova. Aunque desarrolló una interesante labor de traducción, debe a su producción original el ser generalmente considerado como la máxima personalidad médica europea durante la Baja Edad Media. Constituye esta última la representación más brillante y genuina de la medicina arabizada, y está plenamente basada en las doctrinas galénicas, tal como fueron entendidas por los autores islámicos, aunque con una innegable viveza en las observaciones clínicas. De su nutrida obra escrita recordaremos únicamente títulos como el Medicinalium introductionum speculum, la Medicationis parabolae y el Breviarium practicae, de general vigencia durante largo tiempo. En Aragón, el núcleo más importante durante el s. XIV fue el situado en torno a la Universidad de Lérida y la escuela de Montpellier. La figura más importante del mismo fue Joan Jacme (Johannes Jacobi), de cuya producción destaca un compendio titulado Secretarium practicae medicinae. Ello no excluye la presencia en dicha centuria de autores conectados con las universidades italianas, como Guillen Aventurer. La primera mitad del s. XV corresponde en dicho reino al florecimiento de un interesante ambiente médico alrededor del rey Martín I (1396-1410), del que sobresale la personalidad de Antonio Richart, que redactó un notable Compendium y otros escritos todavía no bien estudiados. En Castilla, el panorama es más difuso en las épocas citadas. Durante el s. XIV, algunas obras, como el Mellus liquor physicae artis, de Alejandro Hispano, alcanzaron alguna difusión en otros países europeos, mientras que en la primera mitad de la centuria siguiente sobresale la vigorosa figura de Alonso Chirino. Su obra titulada Menor daño de medicina, muy difundida en forma manuscrita, fue impresa en 1505 y luego reeditada varias veces en el s. XVI. En el terreno quirúrgico, destaca también el Tratado de los apostemas, de Diego del Cobo.  La segunda mitad del s. XV, tanto en Aragón como en Castilla, corresponde ya a los comienzos de la medicina renacentista. Tan temprana incorporación a las nuevas corrientes estuvo en gran parte determinada por el estrecho contacto que nuestros médicos mantenían con los centros italianos.      
La estrecha comunicación existente entre la España islámica y la cristiana explica que la higiene que encontramos en esta última –especialmente durante la Baja Edad Media– sea en gran parte consecuencia del panorama que resumimos al hablar del periodo musulmán. La organización e instalaciones sanitarias de las ciudades fueron, en los mejores casos, mera herencia de las correspondientes a la España islámica. Alfonso X (1252-1284), por ejemplo, ordenó en 1269 unos impuestos especiales para el mantenimiento de la red de canales y cañerías de Córdoba, y Jaime I consagró en la Valencia recién conquistada la autoridad del mustaçaf o almotacén, magistrado municipal de funciones muy complejas, entre las que se encontraban la conservación y funcionamiento de sumideros, alcantarillas y cloacas, la vigilancia de la limpieza de las calles y de la construcción de las viviendas, la inspección de la venta de alimentos y bebidas y la reglamentación de la prostitución. También en los estudios consagrados a temas de higiene fue tributaria la España cristiana bajomedieval de la asimilación del saber de los hispanomusulmanes. En ésta, como en las demás disciplinas médicas y científicas, la labor de traducción realizada en Toledo y otras ciudades españolas fue decisiva para el futuro desarrollo de las doctrinas de los higienistas europeos. El género literario más representativo de estos últimos durante la Baja Edad Media es el llamado regimen sanitatis. Sudhoff comprobó hace años que el punto de partida del mismo hay que buscarlo en el Toledo del s. XII, en el escrito pseudoaristotélico de este tipo que Juan Avendahut Hispano tradujo y dedicó a una hija del rey castellano Alfonso VI (1065-1109). La contribución española al género fue después muy importante, contando con textos tan destacados como los famosos Regimen sanitatis ad regem Aragonum y De conservanda juventute et retardanda senectute, de Arnau de Vilanova; el Liber de conservanda sanitate, de Juan de Toledo; el Regimen sanitatis, de Pedro Figuerola, etc. Si estos regimina dependían estrechamente del esquema galénico de las sex res non naturales, la tradición geoclimática del escrito hipocrático De los aires, aguas y lugares fue la base de la obra de Juan Aviñón, Sevillana medicina (s. XIV), que fue editada en 1545 en versión castellana por Nicolás Monardes, y que es un temprano representante de “topografía médica”, género, como veremos, llamado a tener gran desarrollo en el futuro.             
Entre las numerosas epidemias que padeció la España cristiana durante la Edad Media destacan la peste, muy en primera línea de la tristemente célebre de 1348. La medicina occidental, al enfrentarse con tan grave problema, produjo un tipo muy peculiar de escritos –los tratados o “regimientos” de la peste– de gran importancia por su calidad y cantidad, desde las obras de Jacme d’Agramunt y Alfonso de Córdoba, relativas a la epidemia de 1348 y el difundidísimo Tractatus de pestilentia (h. 1373) de Joan Jacme, hasta textos como el Regiment de Lluís Alcanyis, que enlazan a finales del s. XV con nuestra epidemiología renacentista. Respecto la organización de medidas de cuarentena la primera se tomó en Mallorca en 1471.                  
La enseñanza y el ejercicio profesional de la medicina comenzaron a ser regulados en los reinos cristianos españoles durante la Baja Edad Media. Destacan en este terreno la creación de cátedras médicas en las universidades y las disposiciones que sobre el ejercicio promulgó Alfonso X en el Fuero Real y en las Partidas. Muy importante fue así mismo el establecimiento de exámenes para autorizar la práctica de la profesión, medida instaurada en Aragón por Alfonso III (1285-1291) en la segunda mitad del s. XIII, y en Castilla durante la centuria siguiente por el rey Juan I (1379-1390). El médico de cámara de Juan II de Castilla (1406-1454), Alonso Chirino redactó las ordenanzas que constituyeron la base de la estructura del tribunal del Protomedicato, que fundamentarían más tarde los Reyes Católicos. De forma similar a lo sucedido en el resto del Occidente europeo, la asistencia hospitalaria se desarrolló en la España medieval cristiana con arreglo a dos tendencias principales. Por una parte, junto a monasterios e iglesias se fundaron albergues y hospicios en los que se acogía a los peregrinos, a los huérfanos y a los ancianos, y se atendía a los enfermos. Entre los consagrados preferentemente a los peregrinos debemos incluir la cadena de hospitales aparecida a lo largo del Camino de Santiago. De los vinculados a los grandes monasterios destacan los de Montserrat y Poblet, y sobre todo el de Guadalupe, que tuvo escuela de medicina propia y una inmejorable organización técnica. La segunda tendencia consistió en la creación de hospitales por parte de los reyes y grandes señores, y más tarde por la burguesía de los núcleos urbanos. Fundaciones reales fueron, por ejemplo, los hospitales de San Juan, de Oviedo (1058), del Rey, en Burgos (1212), y de Santa Cruz, en Barcelona (1229). Ejemplo típico de centro hospitalario creado por la burguesía de las ciudades es el Hospital dels Folls, de Valencia (1409), que aunque debió su idea fundacional al religioso padre Jofré, se desarrolló con exclusión específica del clero y de la nobleza. Esta institución fue la primera dedicada a la asistencia de los enfermos mentales, y fue seguida por otras similares en Zaragoza (1425), Sevilla (1436), Toledo (1473), y más tarde , en el s. XVI, en varias ciudades americanas. También seglar fue, en general, la fundación de hospitales de San Lázaro (para leprosos), mientras que los destinados a enfermos de ergotismo fueron creados gracias a la labor de la Orden de los Antonianos, que se estableció en España a partir del s. XIII.

MEDICINA EN EL RENACIMIENTO Los tiempos modernos se inician con la gran empresa española del descubrimiento de América. La significación científica de tal acontecimiento reside, ante todo, en el acúmulo extraordinario de datos y observación de nuevas tierras. De esta forma, la ciencia española, que a lo largo de la Edad Media había tenido la gran función de transmisora del saber grecoárabe a Occidente, en la Edad Moderna asumió la tarea de ir comunicando a Europa las nuevas realidades. La empresa de recuperación del saber clásico culminó entonces, por otra parte, en una valiosa labor de edición, comentario y crítica de los textos antiguos, con el deseo de verlos limpios de las deformaciones terminológicas e ideológicas de la Edad Media. La imprenta permitió, además, que tales textos alcanzaran una difusión nunca soñada en la misma antigüedad. Si a ello añadimos un talante típicamente renacentista, tendremos las tres dimensiones a través de las cuales es posible exponer y entender la medicina española del s. XVI. Por su directa relación con la medicina conviene que recordemos la gran labor que los naturalistas españoles de este siglo realizaron en orden al estudio de la flora y la fauna americanas. Sus materiales fueron después aprovechados por científicos de las distintas disciplinas, entre ellos por los médicos. A este respecto, pocos nombres pueden ser aducidos con el relieve del de Nicolás Monardes, médico sevillano, cuya obra Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales (1574) lo convierten en uno de los creadores de la moderna farmacología. Parecida importancia en lo que respecta a la materia medicinal de las Indias orientales tienen las contribuciones de Cristóbal de Acosta y del portugués –formado en España– García de Orta. Las obras de estos autores alcanzaron gran difusión en toda Europa a través de innumerables traducciones. El interés de las esferas oficiales por estos problemas se refleja en el hecho de que Felipe II (1556-1598) enviara a su médico Francisco Hernández a realizar estudios de botánica médica al continente americano, donde realizó durante siete años una gran labor. La presencia del interés de ofrecer depurados los textos clásicos, al que acabamos de aludir, queda brillantemente ejemplificada en este terreno por otro momento de la farmacología española renacentista: la traducción con comentarios que hizo Andrés Laguna de la obra de Dioscórides. En anatomía –la única disciplina médica realmente nueva durante el s. XVI– participan los españoles con algunos textos anteriores a la obra de Vesalio: el más interesante es la Anatomica methodus (1535), de Andrés Laguna, que incluye la primera descripción de la válvula ileocecal. Pero lo importante es la serie de anatomistas “modernos” o posvesalianos, de la que hay que destacar una personalidad de primera magnitud, como Juan Valverde de Hamusco, autor de Historia de la composición del cuerpo humano (1556), tratado numerosas veces editado en varios idiomas, y la escuela anatómica de la Universidad de Valencia, encabezada por Pedro Jimeno y Luis Collado. Jimeno fue el primero que describió el hueso estribo en su Dialogus de re medica (1549). Collado, por su parte, escribió (1555) una de las defensas iniciales de Vesalio frente a los ataques de Silvio. La escuela de Valencia actúo, además, como auténtico centro de difusión en España del nuevo saber morfológico.             
La fisiología del s. XVI debe al español Miguel Servet su más importante hallazgo: el de la circulación pulmonar. En su obra Christianismi restitutio (1553) describe claramente el paso de la sangre del corazón derecho al izquierdo a través de un amplio trayecto, que comienza en la “vena arteriosa” (arteria pulmonar) que lo lleva a los pulmones, lugar en el que se purifica, para ser devuelta por la “arteria venosa” (vena pulmonar) al corazón. Añadamos que el primer libro que difundió entre los médicos europeos la doctrina de la circulación pulmonar fue el tratado de anatomía, antes citado, de Juan Valverde. Éste no conocía, sin embargo, el texto de Servet, sino que debía su información a su maestro italiano Realdo Colombo, autor que había realizado el mismo descubrimiento con posterioridad, pero, al parecer, independientemente. Por otra parte, un valioso grupo de nuestros médicos contribuyeron a sentar las bases de una nueva concepción del ser humano. Destacan del mismo, Juan Huarte de San Juan, Antonio Gómez Pereira y Miguel Sabuco. El Examen de ingenios para las ciencias (1575), de Huarte, extraordinariamente difundido en numerosas ediciones en diversos idiomas, es uno de los textos clásicos del estudio del condicionamiento orgánico de las funciones psicológicas, así como de la psicología diferencial. Gómez Pereira, en su obra Antoniana Margarita (1554), formuló importantes teorías, como la del automatismo animal, que luego serían desarrolladas por la antropología médica moderna. La curiosa teoría del “jugo nérveo”, elaborada por Miguel Sabuco en su Nueva filosofía de la naturaleza del hombre (1587), fue el antecedente de las doctrinas neurofisiológicas que dominarían en toda Europa durante los siglos siguientes. Junto a ellos, la obra del gran humanista Juan Luis Vives significó el auténtico punto de partida de una buena parte de la psicología médica moderna. El saber patológico renacentista se mantiene todavía fundamentado sobre los esquemas tradicionales. Sin embargo, se realizó la tarea de depurar, difundir y comentar los textos antiguos. En tal labor, colaboraron decisivamente muchos médicos españoles. Citaremos solamente dos de los más destacados: Francisco Valles y el profesor de Alcalá, Cristóbal de Vega. Se emprendió a continuación la reelaboración y exposición renacentista del saber médico griego; pocos hombres descuellan tanto en esta tarea como el gran clínico vallisoletano Luis Mercado. Supo, por último, el Renacimiento iniciar el planteamiento de críticas parciales al saber médico tradicional. Quizá la más audaz de estas críticas fue la que el ya mencionado Antonio Gómez Pereira planteó frente a la piretología galénica en su obra Nova veraque medicina (1558). Sus teorías crean el concepto moderno de fiebre y abren el camino de la visión reactiva y moderna de enfermedad.            
La contribución española al capítulo de las novedades clínicas del Renacimiento es igualmente vigorosa. Recordaremos la descripción del “tabardillo pintado” o tifus exantemático por parte de Luis de Toro, López de Corella y Luis Mercado, y la del “garrotillo” o angina diftérica, sofocante, que inició el mismo Mercado y que completó brillantemente, a comienzos del s. XVII, Juan de Villarreal. No obstante, fue todavía de mayor importancia el capítulo de los estudios dedicados a la sífilis. Incluye éste, en primer término, el grupo de “primeros descriptores” de esta enfermedad de mayor alt. que puede presentar país alguno: hombres como Gaspar Torrella, Francisco de Villalobos, Pedro Pintor, Juan Almenar y Rodrigo Ruiz Díaz de Isla se encuentran entre los clínicos europeos de finales del s. XV de mayor claridad e independencia de criterio. De gran importancia fue también la participación de algunos de nuestros médicos en el desarrollo del hábito de realizar autopsias de tipo anatomopatológico. Tomás Porcel fue el primero que practicó sistemáticamente autopsias en pestosos y en exponerlas minuciosamente en su libro Información y curación de la peste de Zaragoza (1565), que es, además, una de las primeras muestras de estadística médica. Francisco Valles, que había introducido la enseñanza clínica en su cátedra de Alcalá, consiguió trasladar a esta universidad al mejor director español de este siglo, el valenciano Pedro Jimeno, para que realizara sistemáticamente autopsias de enfermos fallecidos. Los correspondientes resultados anatomoclínicos aparecieron publicados en su célebre edición del escrito galénico De locis patientibus (1551). Gran altura alcanzó también la cirugía española de este siglo. Contribuyó a ello decisivamente el hecho de que, igual que en Italia y a diferencia del resto de Europa, el saber quirúrgico tuvo un puesto reconocido en las universidades, generalmente en estrecha relación con el cultivo de la anatomía. Fue posible, de esta manera, que varios tratados quirúrgicos españoles (como la De recta curandorum vulnerumque ratione, 1574, de Francisco Arceo; la Cirugía universal y particular, 1580, de Juan Calvo; y la Chirurgia universal, 1581, de Juan Fragosos) circularan por toda Europa a través de traducciones a diversos idiomas, y también que nuestros cirujanos realizaran una amplia serie de aportaciones originales. Con la finalidad de anotar algunos ejemplos significativos, recordaremos el perfeccionamiento de la técnica de la trepanación por parte de Andrés Alcázar, que ideó instrumentos para realizarla, y expuso el mejor estudio del siglo sobre sus indicaciones en su Chirurgiae libri sex (1575); los procedimientos de Francisco Arceo para ejecutar la rinoplastia y para el tratamiento ortopédico de las deformidades podálicas, y la invención por Dionisio Daza Chacón del tratamiento de los aneurismas, ligando el vaso por encima del saco e incidiéndolo después, y de la técnica de la amputación con desplazamiento del colgajo cutáneo sobre el muñón (Práctica y teoría de la cirugía, 1580). Mención aparte merecen las contribuciones de Bartolomé Hidalgo de Agüero (Thesoro de la verdadera cirugía, 1604), y el propio Daza Chacón al tratamiento limpio o “seco” de las heridas, frente a la doctrina galénica del “pus loable”, y sobre todo la fundamental aportación que nuestros cirujanos realizaron a la técnica urológica moderna. Culmina esta última con la obra de Francisco Díaz, inventor del uretrótomo y autor del primer tratado europeo de la disciplina, Tratado de todas las enfermedades de los riñones, verga y carnosidades de la verga y urina (1588). 
Aparece, en primer término, una administración sanitaria de tipo nacional, de lo que fue pieza fundamental la creación del Protomedicato. Como consecuencia de una compleja evolución anterior, el Protomedicato fue establecido por los Reyes Católicos en 1477, recibiendo sus ordenanzas en 1491 y 1498. Más tarde, sus fundamentos jurídicos fueron modificados por varias leyes pragmáticas de Carlos I (1523) y Felipe II (1552-1567 y 1568). Aparte de su actuación principal del control del ejercicio profesional de la medicina, su autoridad se extendía a la proposición de medidas sanitarias, a la duración de los trabajos contra las epidemias y a la ordenación de la limpieza y abastecimiento de agua de las poblaciones. Extraordinaria importancia alcanzaron durante esta época los estudios consagrados a las distintas facetas del saber higiénico y dietético, de acuerdo todavía con los esquemas galénicos-tradicionales, que motivó la redacción de varios tratados, entre los que destacan los de Luis Lobera de Ávila (1530) y Francisco Nuñez de Coria (1569), además de merecer amplia atención por parte de los autores de grandes exposiciones médicas generales, como Cristóbal de Vega, Luis Mercado, Cristóbal Pérez de Herrera, etc. Se publicaron incluso estudios monográficos sobre aspectos higiénicos concretos de algunas de las sex res non naturales, siendo obligada la mención del Libro del exercicio y sus provechos (1553), de Cristóbal Méndez. No obstante, el capítulo más brillante fue el epidemiológico, riquísimo en aportaciones de auténtico interés y el de carácter más renovador desde todos los puntos de vista. En primer lugar, fueron muy numerosos los estudios dedicados a la peste, copiosa serie de la que destacan los tratados de Andrés Laguna (1542 y 1556), y sobre todo el libro de Juan Tomás Porcell antes citado. En segundo término, nuestros epidemiólogos iniciaron el análisis de las llamadas “nuevas enfermedades”. Basta con que recordemos la referencia que antes hemos hecho de los “primeros descriptores” de la sífilis, de “tabardillo pintado” y del “garrotillo”.          
La organización de la enseñanza médica, iniciada durante la Edad Media, culminó en el Renacimiento. A las universidades ya existentes se sumaron otras de nueva fundación, algunas de las cuales –como Alcalá y Valencia– se convirtieron en importantes centros de cultivo de los saberes médicos. Desde finales del s. XV, varias disposiciones de los Reyes Católicos (1480-1493) regularon la concesión del grado de bachiller en medicina, tema del que volvió a ocuparse más tarde Carlos I (1523). Únicamente las universidades que tuvieran, como mínimo, cátedras de prima, de vísperas, de anatomía y de cirugía quedaron autorizadas a conceder tal grado. Otra disposición posterior de Felipe II (1536) obligó a los estudiantes de medicina a tener una formación básica previa. Para ello tenían que cursar las enseñanzas del bachillerato en artes antes de iniciar sus estudios en la Facultad de Medicina. Las disciplinas propiamente médicas se distribuían en cuatro cursos, a los que habían de sumarse otros dos años de prácticas antes de poder comparecer ante el tribunal del Protomedicato, organismo al que correspondía otorgar las licencias exigidas para iniciar el ejercicio de la profesión (Granjel). Existían en la sociedad española renacentista cirujanos romancistas, sin formación facultativa, aunque atendidos por una enseñanza elemental que se daba en castellano, y con pruebas de capacitación perfectamente reglamentadas, a cargo del Protomedicato. En tercer lugar, había también una abigarrada variedad de empíricos (barberos, “algebristas”, litotomistas, operadores de cataratas, etc.), ajenos a toda preparación doctrinal, y que muy poco eficazmente intentaron controlar algunas disposiciones legales.
Los principales acontecimientos relativos a la asistencia hospitalaria en la España renacentista fueron el nacimiento de los hospitales militares, la introducción de un nuevo tipo de construcción en forma de cruz y los primeros intentos de unificación de las dispersas instituciones asistenciales. En los sitios de Toro (1476) y de Granada (1484) se puede fijar el punto de partida de los hospitales militares, que encontrarán luego, a lo largo de la centuria, organizadores de la talla del cirujano Dionisio Daza Chacón. La introducción en España de la construcción de hospitales en forma de cruz griega se debe a la familia de los Egas, uno de cuyos miembros, Enrique, planeó la del hospital del Rey, en Santiago de Compostela (1501), y también la del de Santa Cruz, en Toledo. De este tipo son así mismo el de la Sangre, de Sevilla, y el de Valencia (1512). La multiplicación de instituciones asistenciales de pequeña importancia planteó en este siglo un grave problema de dispersión, lo que motivó repetidas peticiones en las Cortes para reunirlas en otras que acumularan sus rentas. Esta unificación se llevó a la práctica, en primer término, en Valencia (1512); luego, en Madrid (1587), y más tarde, en otras poblaciones.

MEDICINA EN EL BARROCO Esquematizando la complejidad de los hechos históricos, pueden distinguirse tres etapas en la medicina española del s. XVII. La primera corresponde aproximadamente al reinado de Felipe III (1598-1621), y se caracteriza por ser una mera prolongación de lo realizado durante el Renacimiento, al margen por completo de las novedades que iniciaban su aparición en Europa. Durante la segunda, que abarca los decenios centrales de la centuria, los médicos españoles comenzaron a recoger, siempre de forma parcial o reactiva, el impacto de las ya muy importantes innovaciones. En la tercera –últimos lustros del siglo– aparecieron los primeros médicos españoles, que rompieron abiertamente con las ideas tradicionales, denunciaron el atraso médico español y reclamaron la incorporación de nuestro país a las nuevas corrientes. Sin embargo, algo cuya gran trascendencia no podía entonces medirse se había producido ya: el desarrollo de nuestra medicina había quedado aislado de la profunda transformación que se estaba iniciando por aquellas fechas en la de los demás países europeos. Un examen un poco detenido de lo que entonces se hacía en España demuestra que, incluso las obras de mayor interés, eran una pura repetición de lo realizado por los autores del Renacimiento, olvidando, además, las interesantes posibilidades de renovación que muchos de estos últimos abrieron. Veamos algunos ejemplos. La destacada serie de descripciones del “garrotillo”, que se publican en estos años y que culminan con el magnífico tratado De signis, causis, prognostico et curatione morbi suffocantis, de Juan de Villareal (1614), constituyen, tal como apuntamos, el perfeccionamiento de las descripciones nosográficas de la centuria anterior. También tiene una raíz estrictamente renacentista la aparición, en los años de tránsito de un siglo a otro, de los tratados de pediatría de Jerónimo Soriano (Modo y orden de curar las enfermedades de los niños, 1600) y Francisco Pérez Cascales (Liber de affectionibus puerorum, 1611), que se encuentran entre los primeros consagrados al tema en el mundo. A ello hay que añadir las aportaciones que son fruto del empirismo asistemático de las personas no profesionales de la medicina: la descripción de la fiebre amarilla por Diego López Cogolludo en 1634; la difusión del método de enseñanza de sordomudos –iniciado por el benedictino Ponce de León en el s. XVI–, gracias a la publicación del fundamental libro de Juan Pablo Bonet Reducción de las letras y arte para enseñar a hablar a los mudos (1620), y a la múltiple actividad de Manuel Ramírez de Carrión; la introducción de la corteza de quina en terapéutica en fecha anterior a 1638, y la publicación del primer tratado de óptica fisiológica en el mundo por Benito Daza Valdés (Uso de los antojos, 1623).    
Durante el segundo de los periodos enunciados, que abarca los decenios centrales del siglo, no le resultó ya posible a los médicos españoles desconocer las nuevas ideas. Se encontraron, en suma, obligados a enfrentarse por primera vez con las corrientes modernas. Dos actitudes fundamentales se tomaron en tal enfrentamiento. La primera consistió en aceptar las novedades que aparecían innegables, pero siempre como detalles que no comprometieran la coherencia general del sistema tradicional. Gaspar Bravo de Sobremonte, por ejemplo, uno de nuestros mejores médicos de estos años, acepta en su obra De sanguinis circulatione (1662) la doctrina de la circulación de la sangre. Ello no obsta, sin embargo, para que, tras haber rectificado todos los errores de la angiología tradicional, mantenga intocada la doctrina del pulso de Galeno. Junto a Bravo de Sobremonte hay que alinear a Pedro Miguel de Heredia, Gaspar Caldera de Heredia y Luis Rodríguez de Pedrosa, otras grandes figuras de nuestra medicina de mediados de este siglo, partidarios, a pesar de su galenismo, de novedades como la utilización de la corteza de quina y de los medicamentos químicos. La segunda actitud adoptada frente a las corrientes modernas prefirió negar incluso lo innegable antes que comprometer los esquemas tradicionales con detalles a los que, con toda razón, consideraban gravemente peligrosos desde su punto de vista. Es innecesario decir que los representantes de esta postura fueron más numerosos que la primera. Pero conviene no distorsionar la realidad histórica; hubo casos de hombres de auténtica altura personal y de notable dedicación al cultivo de métodos científicos, que consagraron su vida y su obra a la más intransigente defensa de las ideas tradicionales. Su representante más típico e importante es Matías García, destacado disector y fisiólogo práctico, que publicó un célebre tratado (De motu cordis, 1677), consagrado a desmentir la doctrina de la circulación de la sangre con datos obtenidos de su experiencia personal en autopsias e incluso en vivisecciones.     
En el último cuarto del s. XVII encontramos los primeros médicos españoles que pueden ser llamados “modernos” con toda propiedad. La sociedad de su tiempo los conocerá con el nombre despectivo de novatores. El primer texto impreso que corresponde plenamente a esta nueva actitud es el titulado Discurso físico y político, que publicó en 1679 el médico hispano-italiano Juan Bautista Juanini. Se trata de una monografía que aplica con gran rigurosidad los conocimientos bioquímicos de la época a un problema de higiene pública. Incluye, además, una abierta defensa de la nueva medicina. En fechas posteriores, Juanini publicó una ambiciosa Nueva Idea Physica (1685) y una excelente exposición de la anatomía y fisiología normal y patológica del sistema nervioso (1691). Poco después de la aparición del primero de sus libros, el movimiento renovador de la medicina española comenzó a manifestarse públicamente como fenómeno de conjunto. Como ha estudiado J. M.ª López Piñero, si se desea escoger una fecha como punto de partida del mismo, puede señalarse el año 1687 como el momento en el que cristalizó una evidente evolución anterior privada. La elección de esta fecha se justifica por varios acontecimientos de gran significación que tuvieron lugar en dicho año. Se publicó, en primer término, el auténtico documento fundacional de la renovación médica española: la Carta filosófica medicochymica, de Juan de Cabriada, ardiente defensa del nuevo criterio experimental frente a la autoridad de los antiguos y de las concepciones médicas más modernas, al mismo tiempo que denuncia clarividente del atraso médico de nuestro país. En segundo lugar, en la misma fecha dio sus primeras señales de existencia el grupo novator de la Universidad de Zaragoza, que llegaría a introducir muy pronto ideas modernas fundamentales en la enseñanza. En tercer lugar, durante el mismo año 1687 se desplazó a París, con una ayuda económica de la Universidad de Valencia, el grabador y anatomista Crisóstomo Martínez, autor de una espléndida contribución a la iconografía anatómica y uno de los primeros cultivadores europeos de la investigación microscópica. El profundo cambio al que estos tres ejemplos corresponden fue duramente acogido por la mayoría galenista, que dominaba la casi totalidad de las instituciones. Resultaba inevitable la aparición de una serie interminable de agrias polémicas, que llenaron la parte final del siglo. Una arma fundamental en esta lucha era la creación de nuevas instituciones, completamente al servicio del movimiento renovador. Como resultado de esta tendencia se fundó, antes de terminar la centuria, la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla, que tan destacado papel iba a desempeñar en le periodo siguiente.      
Durante la mayor parte de la centuria barroca, la higiene quedó reducida en nuestro país a una mera prolongación y repetición de lo realizado durante el Renacimiento. Únicamente durante el último cuarto de siglo encontramos en las obras de los novatores el punto de partida de una nueva forma de plantearse los problemas de la higiene. Como muestras más significativas anotaremos las contribuciones de Juan Bautista Juanini y de Francisco San Juan y Domingo. Al primero se debe el Discurso físico y político (1670), del que ya hemos hablado, importante monografía que llegó incluso a ser traducida al francés, en la que aborda con los más exigentes datos de la química médica de su tiempo una cuestión de higiene pública: los estragos producidos en el panorama sanitario de Madrid por la ausencia de un sistema eficaz de limpieza de las calles y de eliminación de basuras y de los cadáveres de animales. Su dedicatoria a una personalidad política como Juan José de Austria, con el que el autor mantenía estrecha amistad, no puede ser más significativa. Francisco San Juan y Domingo, por su parte, escribió –a pesar de ser innovador solamente en parte– la primera topografía médica española (De morbis endemicis Caesaraugustae, 1686), género que alcanzaría notable desarrollo a lo largo de la centuria siguiente. También la enseñanza y el ejercicio de la medicina se desarrolló en nuestro país durante este siglo por casi idénticos cauces a los que expusimos al hablar del Renacimiento. Sendas pragmáticas de Felipe III (1598-1621) y Felipe IV (1621-1665), a comienzos de la centuria (1603 y 1637), regularon con gran minuciosidad tanto los estudios que los futuros médicos tenían que seguir en las universidades, como las pruebas de captación a las que tenían que someterse ante el tribunal del Protomedicato con el fin de obtener permiso para ejercer la profesión. También disponían que los cirujanos romanticistas, antes de examinarse, tuvieran cinco años de práctica, tres de ellos en un hospital y los otros dos con un médico o cirujano con título. La asistencia hospitalaria participó del estancamiento y de la decadencia general de la medicina española de este siglo. Los únicos factores positivos fueron la continuación de los intentos de refundición iniciados en el Renacimiento, que en esta centuria se llevan a cabo en localidades como Toro (1615), Zamora (1629), Antequera (1629), etc., y el digno nivel que casi siempre mantuvieron los hospitales militares.

MEDICINA EN LA ILUSTRACIÓN El movimiento renovador de finales del s. XVII culminó históricamente en la brillante recuperación de la medicina española durante la centuria siguiente. Al iniciarse esta última, los grupos médicos renovadores se vieron favorecidos por la política cultural ilustrada de la nueva dinastía, que trajo, además, una serie de figuras extranjeras que contribuyó notablemente a la empresa de poner al día nuestra medicina. Durante las primeras décadas del siglo continuaron las polémicas entre “antiguos” y “modernos”, de las que resulta obligado recordar las mantenidas en torno a las obras de Marcelino Boix Moliner, Diego Mateo Zapata y Martín Martínez. Las posiciones ideológicas de nuestros renovadores incluían ya entonces todas las doctrinas vigentes en la nueva medicina europea. Junto a iatroquímicos como el propio Zapata, Pascual F. Virrey Mange, José J.A. Baguer Oliver y Francisco Sanz de Dios, la teorías iatromecánicas encontraban defensores como José Arnau, Francisco García Hernández y Andrés Piquer joven. Frente a unos y otros, pero también contrarios al tradicionalismo galénico, se situaron los “escépticos” o eclécticos del tipo de Martín Martínez, mientras que clínicos independientes, como Gaspar Casal, se quedaban al margen de todas estas disputas. La vigencia de las nuevas corrientes, que acabó por imponerse, se vio reforzada por la eficaz labor divulgadora de autores ajenos a la medicina, como Benito Jerónimo Feijoo y Antonio José Rodríguez. El apoyo oficial permitió, por otra parte, la creación de instituciones al servicio de las ideas renovadoras y la penetración de las mismas en muchas de las anteriormente existentes. Además de proteger ampliamente a la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla, se fundó, a semejanza suya, la Academia de Medicina de Madrid (1734), a la que seguirían otras durante la segunda mitad del siglo, en especial la de Barcelona (1770). Otro factor importante fue el hábito de enviar, por iniciativa estatal o privada, jóvenes profesionales a trabajar en el extranjero, lo que completó el contacto con Europa, mantenido por una continuada labor de traducciones y ediciones de los más interesantes textos médicos. Como consecuencia de tan acertados esfuerzos, la medicina española fue elevando su nivel a lo largo del siglo. Durante la primera mitad del siglo, la casi totalidad de nuestros mejores médicos se redujeron a defender, exponer y divulgar los más importantes conocimientos y doctrinas de la Europa de su tiempo. A pesar de su diferente calidad, ésta es la función que desempeñaron los tratados de anatomía de Manuel de Porras (1716) y Martín Martínez (1728), las diferentes obras de Diego Mateo Zapata, las exposiciones clínicas de Sanz de Dios Guadalupe (1730), de Virrey Mange (1737-1746) y Baguer Oliver (1741-1744), y los múltiples escritos médicos de Feijoo y Antonio José Rodríguez. Fueron excepcionales, por el contrario, las contribuciones creadoras. De todas ellas, la mayor es, sin duda, la obra de Gaspar Casal, Historia Natural y médica del Principado de Asturias (1762), que incluye, entre otras cosas de interés, la primera descripción clínica de la pelagra. También resulta justo citar, aunque sus fundamentos nos parezcan hoy discutibles, la doctrina sobre el pulso formulada por Francisco Solano de Luque en su libro Lapis Lydos Apollinis (1741), que logró alcanzar amplia resonancia en diferentes países europeos.                
Durante la parte central de la centuria, nuestra medicina llegó a calidades tan notables como la que encontramos en la nutrida obra de Andrés Piquer, máxima figura de la patología interna española en estos años. Su evolución ideológica refleja, al mismo tiempo, la sufrida por la mayor parte de nuestros autores. Partidario en su juventud, como hemos dicho, de las doctrinas iatromecánicas, Piquer las abandonó en su madurez por un eclecticismo que buscaba su principal apoyo en una actualización de la tradición clínica hipocrática. De acuerdo con este ideario, redactó sus más notables obras, llegando incluso a reformar la base doctrinal de alguna publicada en su juventud, como su célebre Tratado de las calenturas (1751), la de mayor difusión europea de todas sus producciones. La posición ideológica de nuestros internistas de ese periodo recibió la influencia también por la asimilación de los grandes sistemas patológicos entonces vigentes en Europa. Hubo autores, como Seguer, que se mostraron seguidores del formulado por Stahl. No obstante, la más difundida y la de mayor peso fue la obra de Boerhaave, cuyos escritos fueron decisivos, como en los demás países europeos, para desterrar el galenismo persistente en la enseñanza médica. Semejante evolución doctrinal sufrió también la fisiología, cuyo modelo paso a ser la labor experimental de Albrecht Haller, autor con el que mantuvo estrecha relación personal nuestro compatriota Antonio Capdevilla, responsable en gran parte de la difusión en nuestro país de sus ideas. En cuanto a la anatomía y la cirugía, Pedro Virgili, otra gran figura de estos años, sentó las bases del esplendor de la parte final del siglo con la trascendental reforma de los métodos de enseñanza y de trabajo que significó la creación de los colegios de Cirugía, que tuvo en él su principal protagonista.
Todo el esfuerzo realizado a lo largo del siglo condujo al espléndido nivel alcanzado por nuestra medicina durante la parte final del mismo y la primera década de la centuria siguiente, que constituyen su continuación natural. En un resumen como éste podemos únicamente aludir a un contraste que tendría graves consecuencias en el futuro. Durante estos años, la medicina española alcanzó un grado de auténtica madurez, pero el espíritu “ilustrado” y renovador que la había permitido sufrió una aguda crisis, desencadenada por el impacto ocasionado por la Revolución Francesa y por la personalidad de Carlos IV (1788-1808), el nuevo monarca. Se recogen por ello los frutos tan laboriosa e inteligentemente posibilitados en las etapas anteriores, pero una irremediable quiebra interna impide ya que el futuro de la medicina española continúe su línea ascendente. De momento, sin embargo, el esplendor es innegable. Las nuevas circunstancias en las que se desarrolla el saber anatómico en los Colegios de Cirugía permiten que Jaime Bonells y Pedro Lacaba editen su Curso completo de anatomía (1796-1800), tratado que resiste victoriosamente la comparación con los mejores europeos de la época. Nuestra fisiología, de un nivel medio de innegable altura, consigue inscribir, entre las aportaciones creadoras de la época, novedades de la importancia del descubrimiento realizado por Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, primer autor que demostró experimentalmente (Disertación químico-fisiológica sobre la respiración y la sangre, 1790) que los procesos de combustión orgánica tienen lugar a nivel de los tejidos y no en los pulmones, como había afirmado Lavoisier. Las mentalidades dominantes en patología y clínica interna son las de mayor importancia en la Europa del momento. Hay seguidores del vitalismo del escocés Cullen, que encabeza un hombre de tanto relieve como Bartolomé Piñera y Siles. El ruidoso sistema de Brown consigue un número de partidarios y una influencia todavía mayor. Browniano fue, por ejemplo, Vicente Mitjavila y Fisonell, uno de los primeros titulares de la cátedra barcelonesa de Clínica, y también en parte su sucesor Francisco Piguillem y Verdacer, introductor de la vacuna en España. La mayor parte de nuestros internistas, sin embargo, huye de sistemas cerrados. Lo generalmente aceptado es un eclecticismo clínico y patológico cuya base modelo hay que buscarlo en la escuela de Viena y en el vitalismo de Montpellier. Mantienen este modo de pensar –que constituye un terreno propicio para la recepción de la mentalidad anatomoclínica– los más importantes e influyentes rectores de las cátedras clínicas: Francisco Salvá Campillo, en Barcelona; Juan Sévero López, en Madrid; y Félix Miquen, en Valencia. Junto a ellos habría que añadir algunos nombres de internistas conectados con los Colegios de Cirugía, como Pedro María González. Son clínicos que utilizan el reloj para contar el pulso, percuten habitualmente o recurren con frecuencia a la suprema comprobación de los datos de la autopsia. La cirugía había sido la gran beneficiaria –junto a la anatomía– de la reforma llevada a cabo por Vigili. Con los colegios, los cirujanos españoles se habían sumado al ritmo general europeo, y figuras como Francisco Canivell y Domingo Vidal realizan en este momento múltiples contribuciones de gran solidez. Este florecimiento quirúrgico culmina en la obra del propio Antoni de Gimbernat, gran nombre español en la cirugía europea de estos años, cuya descripción de su método original de operación de la hernia crural (1790) fue inmediatamente traducida al inglés, francés y alemán.    
En el terreno de la organización y de las instalaciones sanitarias, el movimiento renovador ilustrado se reflejó, en su primer término, en la creación por parte de Felipe V (1700-1724, 1724-1746) de la Junta Suprema de Sanidad (1720), organismo consultivo del monarca que funcionó dentro del espíritu más ortodoxo del despotismo ilustrado, con autoridad ejecutiva para introducir mejoras, dictar órdenes e imponer sanciones. A excepción de un breve paréntesis (1742-1743), esta junta funcionó hasta 1805, año en que fue abolida para volver a ser instaurada dos años más tarde. Un aspecto muy interesante de nuestra legislación sanitaria son las ordenanzas dictadas por Fernando VI (1746-1759) acerca de la declaración obligatoria de la tuberculosis, así como la creación de salas especiales para la asistencia de los enfermos que la padecían (1771), actitud que contrasta violentamente con la oposición casi total vigente en la Europa de la época frente al contagio de esta afección. Carlos III (1759-1788), aparte de promulgar disposiciones como la que prohibió los enterramientos en las iglesias (1781), fue el gran responsable del profundo cambio que las ciudades españolas experimentaron en este siglo en lo referente a instalaciones sanitarias.                
El número de trabajos consagrado en España a cuestiones higiénicas durante el periodo ilustrado es extraordinariamente amplio. Bajo la influencia directa de la tradición geoclimática hipocrática y la más cercana de la obra de Sydenham, se desarrolló en Europa durante este siglo el cultivo de la geografía y topografía médicas, aspecto de la higiene a la que contribuyeron los médicos españoles con obras de tanta altura como la ya citada Historia natural y médica del Principado de Asturias, de Gaspar Casal (1762), el proyecto de tomografía médica de España y las Efemérides barométrico-médicas matritenses (1737), de Francisco Fernández de Navarrete, y las numerosas topografías de poblaciones concretas que las academias médicas de Barcelona y Madrid promovieron a finales de la centuria.  En la nutrida literatura epidemiológica de la Ilustración española merece mención la obra de José Masdevall, autor de una Relación de las epidemias de calenturas pútridas y malignas (1785), que fue traducida al italiano, y los escritos que sobre la fiebre amarilla publicaron a final de este periodo Juan Manuel Aréjula, Carlos Francisco Ametller y Tadeo de la Fuente. La trascendental novedad de la vacunación fue precedida en España, como en los demás países occidentales, por una larga y polémica etapa de variolizaciones. El descubrimiento de Jenner fue introducido prontamente en España, aplicándolo ya en 1799 Francisco Piguillem, defendiéndolo a continuación nuestras principales figuras médicas y nuestros médicos oficiales. Estos últimos, además de promulgar las reales órdenes antes anotadas, encargaron en 1803 al médico alicantino Francisco Javier de Balmis la dirección de una expedición que difundiera universalmente los beneficios de la vacuna. El feliz cumplimiento de este propósito fue una de las mayores tareas que nación alguna haya realizado nunca dentro de la medicina preventiva. Lazo de unión entre la higiene española de la Ilustración y la del s. XIX fue la obra de Ignacio María Ruiz de Luzuriaga. Formado principalmente de acuerdo con las ideas del sanitary movement británico, inspiró durante un cuarto de siglo la organización sanitaria española. Redactó, además, obras acerca del llamado “cólico de Madrid”, la vacunación, la protección a los sordomudos, la higiene de las cárceles, etc., y realizó un monumental estudio estadístico de las maternidades e inclusas del país.      
La enseñanza y el ejercicio de la medicina sufrieron también en la España ilustrada una decisiva transformación. La necesidad de reformas en este sentido fue proclamada insistentemente por todos cuantos se ocuparon de la situación de nuestra medicina desde principios de siglo. El primer resultado práctico de tales denuncias fue la creación de los reales colegios de Cirugía de Cádiz (1748), Barcelona (1764) y Madrid (1787), fundaciones que se realizaron bajo la égida de personalidades tan destacadas como Virgili y Gimbernat. Ya hemos anotado la trascendencia científica que tuvo la creación de estos centros. Tenemos ahora que añadir que desde el punto de vista profesional significaron una etapa completamente nueva en la preparación y, consecuentemente, en la posición social de los cirujanos españoles. La reforma de la enseñanza de la medicina interna fue menos radical y más tardía. La mayor parte de las universidades siguieron aferradas a métodos anticuados. El nivel docente de algunas de ellas era tan bajo que varias disposiciones promulgadas durante el reinado de Carlos III privaron a las llamadas “universidades menores” de la facultad de conceder títulos médicos. Ello no quiere decir que no hubiera algunos centros universitarios que acometieran a fondo las necesarias reformas, como la de Valencia, cuyo plan de estudios de 1787 incorporó de forma modélica la enseñanza práctica de las disciplinas básicas de la medicina (química, botánica, anatomía, etc.), y creó la primera cátedra de Clínica que funcionó en España. Mención aparte merece también la Universidad de Cervera, cuya fundación en este siglo se debió a motivos políticos, explicándose su destacado papel por la ausencia del peso negativo que la tradición rutinaria significó en la mayor parte de las antiguas universidades. De todas formas, el inmovilismo de la mayor parte de los centros universitarios obligó a que las nuevas ideas docentes se desarrollaran a menudo fuera de estos centros, como sucedió con las cátedras de Clínica creadas en el estudio de Medicina Práctica del Hospital General de Madrid (1795) y en la Academia de Medicina de Barcelona (1801). El ejercicio profesional continuó durante la mayor parte del siglo bajo el control del Protomedicato. No obstante, el ascenso de nivel científico y social de los cirujanos salidos de los reales colegios planteó a escala legal y a nivel práctico problemas derivados de la duplicidad de profesionales médicos. Después de que los cirujanos consiguieran absoluta independencia del Protomedicato, se decidió, en 1799, para evitar dichos problemas, fusionar los estudios y los títulos de médicos y cirujanos, que quedaron subordinados a una Junta General común. La presión de los intereses creados motivaron pronto, sin embargo, una nueva separación, no consiguiéndose la unificación definitiva, tras múltiples cambios, hasta 1827. En el terreno de la asistencia hospitalaria, en la Ilustración comenzó la difusión de las nuevas ideas que concebían la beneficencia pública como misión del Estado. Ésta fue la raíz de la creación de nuevas instituciones, descuidándose mucho la necesaria renovación de los hospitales.

MEDICINA EN EL S. XIX El satisfactorio desarrollo de la medicina española ilustrada quedó cortado bruscamente durante el periodo formado por la Guerra de la Independencia (1808-1814) y el reinado de Fernando VII (1808-1833). Es indudable que dicho hundimiento se produjo, en primer término, por la destrucción o la desorganización de las instituciones científicas como consecuencia de la contienda. Pero conviene no conceder a dicho factor más importancia que la muy limitada que tuvo. La causa real es mucho más profunda, correspondiendo a la quiebra del espíritu innovador de nuestra Ilustración, que ya anotamos antes. Sin entrar en detalles que no caben en este lugar, bastará con que recordemos que la cerrada actitud ideológica vigente en el conjunto del reinado de Fernando VII no permitió ni la reconstrucción de lo destruido durante la guerra, ni mucho menos la aparición de novedades adaptadas a los profundos cambios de la medicina europea de la época. Tampoco solucionaron nada las fugaces posibilidades abiertas por el Trienio Liberal (1820-1823), que sólo desempeñan históricamente el papel de contraste. Lo que importa es señalar el colapso general de nuestra medicina en casi todos los terrenos. Las disciplinas médicas básicas fueron las víctimas inmediatas. Aunque siguió habiendo buenos anatomistas prácticos –las miles de disecciones de Vicente Llobet y el magisterio de Rives Mayor así lo atestiguan–, el nivel general bajó lamentablemente. Para la enseñanza se utilizaron nuevas ediciones de libros españoles de la centuria anterior o traducciones y adaptaciones del tono más pedestre. Otro tanto sucedió con la fisiología. Su único cultivador de interés, Juan Mosácula, murió muy joven y sin dejar tras de sí más obra que un compendio que sirvió de libro de texto durante bastantes años: el Tratado Elemental de Fisiología especial o humana (1830). En patología y clínica interna el panorama no fue tan desconsolador. La mentalidad anatomoclínica penetró muy precozmente sobre la base ilustrada que antes hemos expuesto. De las escuelas de las que tenemos noticia es la de Cádiz la que representa mejor esta asimilación, con figuras de la dignidad de Francisco Javier Laso de la Vega, que reúne las condiciones de clínico sobrio, amigo de la seguridad de los datos de autopsia, con la de activo publicista consagrado a la comunicación de novedades. La auscultación tuvo en él un temprano y ardiente difusor. El principal órgano de expresión de esta escuela fue el Periódico de la Sociedad Médico-Quirúrgica de Cádiz, revista cuyo nacimiento permitió el trienio liberal. En Madrid destaca la personalidad de Antonio Hernández Morejón, antiguo discípulo de la escuela valenciana de clínica de Félix Miquel, que representó desde su cátedra de San Carlos la transición de la clínica ilustrada a la romántica. De sus obras recordaremos un excelente Ideología clínica (1821) de la que sólo publicó el primer volumen. Fundamentalmente fue, por otra parte, su Historia bibliográfica de la Medicina española (1842-1852) en siete volúmenes, repertorio que continúa hoy siendo de uso indispensable. También en Madrid encontró el sistema fisiológico del francés Broussais un ardiente defensor en la persona de Manuel Hurtado de Mendoza, sin duda el escritor médico más fecundo de este momento español y el de mayor resonancia europea. Dirigió Hurtado las Décadas Médico-Quirúrgicas, la única revista médica española que sobrevivió a la represión de la Década Ominosa. La brillantez de su figura contribuye a explicar la influencia del brusismo en clínicos tan serios como el catedrático madrileño Bonifacio Gutiérrez y en cirujanos tan destacados como Diego de Argumosa. En Barcelona, el clínico más importante fue Francisco Juanich y March, otro de los primeros defensores de la auscultación. La cirugía presenta un panorama semejante al de la medicina interna. La transición desde el momento anterior la representan Antonio de San Germán y José Rives Mayor, que en sus cátedras de Barcelona y Madrid conservaron lo más esencial de la tradición ilustrada e iniciaron la asimilación de la anatomía patológica en los medios quirúrgicos. San Germán publicó en el Trienio Liberal un digno Tratado de afectos y operaciones quirúrgicas (1822), que la censura le había retenido durante muchos años.          
El reinado de Isabel II (1833-1868) ha de ser considerado como una “etapa intermedia” entre el profundo colapso de nuestra medicina en el periodo que acabamos de considerar y la modesta pero efectiva recuperación de la parte final del s. XIX. Entre las circunstancias que permitieron este tránsito, a pesar de las guerras civiles y de lo removido de la situación política, se encuentran factores como la aparición con posterioridad a 1834 de un nutrido periodismo médico y el retorno de algunos notables médicos exiliados. Lo decisivo fue, sin embargo, el crispado esfuerzo personal de figuras o pequeños grupos aislados, que fueron incorporando a nuestro país las más importantes novedades de la medicina europea, a pesar de que la sociedad española no supo darles, en general, el apoyo material y moral que necesitaban. La base científica de nuestra medicina continuó siendo débil, pero en relación con la desastrosa situación anterior, fue evidente el progreso, sobre todo en anatomía. Los libros de texto de esta disciplina mejoraron notablemente, y algunas figuras aisladas recuperaron los hábitos de trabajo científico. En un primer momento, el Tratado de Anatomía (1844), de Lorenzo Boscasa, significó una notable elevación del nivel informátivo, al mismo tiempo que contribuyó a la creación de la terminología anatómica castellana. En una segunda etapa, la incansable actividad de disector del madrileño Juan Fourquet Muñoz permitió la redacción del primer texto anatómico original en la España de este siglo, empresa que completaría después de su muerte su discípulo Julián Calleja. Relacionados directa o indirectamente con Fourquet estuvieron otros tres notables anatomistas prácticos que trabajaron en Madrid: Marcos Viñals, Rafael Martínez Molina y Pedro González de Velasco. De Viñals hay que recordar sus notables investigaciones acerca de la estructura del temporal, que recogió en su monografía Nueva descripción de la porción petrosa del temporal (1843). Martínez Molina y González de Velasco desarrollaron una fértil labor de difusión de las técnicas de trabajo en morfología y en biología experimental, primero dentro de la universidad oficial y más tarde en centros privados de estudio e investigación: el Instituto Biológico del primero y el Museo Antropológico creado por el segundo. Plenamente coherente con la línea histórica a que estas figuras pertenecen fue la seriedad docente de catedráticos como Carlos Silóniz Ortiz, en Barcelona, y José María Gómez Alamá, en Valencia, autores ambos de dignos compendios escolares de la disciplina. A través de todos estos hombres se inició la presencia en nuestro país de los nuevos saberes y técnicas histológicos, así como de los relativos a la antropología física. Mucho más pobre era el panorama de la fisiología. El ambiente dominante truncó incluso la trayectoria de experimentador fisiológico que había iniciado Joaquín Hysern, que hizo vivisecciones e investigaciones desde 1836 hasta mediados de siglo, con el único fruto de verse acusado de ser mal profesor porque “da mucha importancia a los experimentos, y el tiempo que pierde en preparaciones no es posible ganarlo en el desenvolvimiento necesario de la doctrina”. No puede extrañar, por tanto, que el tono general de la fisiología española fuera el frío y libresco que se transparenta en el varias veces editado Tratado Elemental de Fisiología humana (1871), de Juan Magaz, catedrático de la asignatura primero en Barcelona y luego en Madrid.                    
La medicina interna estaba, como en la época anterior, a un nivel muy superior al de las disciplinas básicas. La mentalidad dominante era la de la anatomoclínica, siendo la escuela de Cádiz la de mayor importancia desde todos los puntos de vista. Miembros de esta escuela, como José Gardoqui, A. Gracia Álvarez y Manuel José de Porto escribieron, por ejemplo, durante esta época, excelentes tratados de patología respiratoria (Tratado de enfermedades de los órganos que componen el aparato respiratorio, 1835-1839), enfermedades renales (Ensayo histórico descriptivo sobre la enfermedad de Brigth, 1849) y anatomía patológica (Manual de anatomía patológica, 1846), respectivamente. La misma orientación fundamental tenían también las obras de los internistas de otras escuelas, como las de Barcelona, Madrid y Valencia. En la primera de las ciudades citadas hay que destacar a Francisco Folch Amich, autor de un Tratado elemental de Patología general y Anatomía patológica (1845), inspirado en las doctrinas del francés Chomel y reimpreso varias veces, así como Ignacio Ametller y Ros y Francisco Juanich, que publicaron sendos resúmenes de clínica. La medicina interna madrileña de este periodo está presidida, primero, por la seriedad clínica de Bonifacio Gutiérrez, y después, por la actividad de Tomás Santero Moreño, gran paladín del vitalismo, que publicaría un amplio Tratado teórico y práctico de Clínica médica (1868) y unos Preliminares o prolegómenos clínicos(1876). En Valencia la gran figura fue Juan Bautista Peset y Vidal, prototipo de personalidad “intermedia” y autor de una nutrida producción escrita. La anatomía patológica macroscópica comenzó a ser desplazada durante los últimos años de este periodo por la de tipo microscópico, en un proceso enteramente paralelo a la introducción de la histología. También la cirugía se benefició del hecho de que su nivel anterior no fuera tan bajo como el de las disciplinas fundamentales. De esta forma es posible citar un buen grupo de cirujanos españoles que no solamente destacaron por su peripecia operatoria, sino que incluso enriquecieron el saber y la técnica quirúrgica con un notable número de innovaciones de detalle. La más importante de estas contribuciones fue la de Diego Argumosa Obregón, que ideó métodos operatorios originales para la realización de la blefaroplastia, la extirpación de la lengua, la amputación de las extremidades y la desarticulación escápulo-humeral; describió también el “nudo de pescador” y la sutura intestinal “de colchonero”, y fue un adelantado de la cirugía de las venas. De su nutrida obra escrita recordaremos el excelente Resumen de Cirugía (1850-1860), que publicó al final de su vida. Junto a Argumosa resulta obligado citar a Joaquín Hysern –que perfeccionó así mismo la técnica de la blefaroplastia–, a Melchor Sánchez de Toca –que inventó un método para la exéresis de la parótida–, a Antonio Mendoza, Tomás Corral Oña, etc. A esta época corresponde también la invención del laringoscopio por Manuel García, profesor español de canto residente en Londres. En 1854 dio a conocer su descubrimiento en unas Observaciones fisiológicas sobre la voz humana, presentadas a la Royal Society. La utilización clínica del mismo por parte de Türck y Czermak sería más tarde uno de los puntos de partida de la otorrinolaringología como especialidad.   
Como ha puesto en evidencia López Piñero los frutos de los esfuerzos de esta “ etapa intermedia”, unidos a algunas circunstancias favorables, como la liberalización ideológica posterior a 1868 y la tranquilidad política que significó luego la Restauración, permitieron la efectiva recuperación de la medicina española durante le último tercio del s. XIX. En anatomía macroscópica la situación queda bien manifiesta con sólo el dato de la publicación de los primeros tratados españoles verdaderamente originales de la centuria: el Tratado de Anatomía (1869-1877), de Julián Calleja, y el Tratado Elemental de Anatomía quirúrgica (1861), de Juan Creus. El cambio más espectacular se produjo, sin embargo, en la terreno de la histología. Frente al saber casi puramente libresco de la etapa anterior, se inició este periodo con la aparición de toda una generación de histólogos prácticos que crearon instituciones y que centraron su actividad en la comprobación de datos obtenidos en otros países. Este grupo estuvo en un primer momento influido por el venezolano Eloy Carlos Ordoñez, residente en París y muy relacionado con la escuela de Robin. Su máxima figura fue Aureliano Maestre de San Juan, autor de una  nutrida producción escrita, de la que destaca un excelente Tratado de histología (1872), varias veces editado. Fue titular de la primera cátedra española de la disciplina, fundó la Sociedad Histológica Española (1875) y el laboratorio de histología de la Facultad de Medicina de Madrid, en la que Cajal iniciaría su contacto con la anatomía microscópica. Discípulos suyos fueron, entre otros, Eduardo García Sola –autor así mismo de una obra muy amplia– y Leopoldo López García, primer maestro de Pío del Río-Hortega. Junto a Maestre San Juan y sus discípulos, que representan una histología de tipo docente, otro sector de médicos españoles de estos años se centró más bien en las aplicaciones de la histopatología a los problemas clínicos. Los más dignos de recuerdo son el cirujano Federico Rubio y varios de sus colaboradores de la Escuela Libre de Medicina de Sevilla y del Instituto de Terapéutica Operatoria de Madrid; el otorrino Rafael Ariza, el ginecólogo Eugenio Gutiérrez, etc. El ambiente creado por estos hombres fue el punto de partida de la obra genial de Ramón y Cajal. Como figura intermedia es justo recordar la labor de Luis Simarro Lacabra, que inició a Cajal en la técnica cromoargéntica de Golgi y que ideó el método fotográfico de tinción, base del nitrato de plata reducido de Cajal. La labor de este último constituye, como es sabido, un hito fundamental en la historia de la histología mundial. Sin intentar siquiera recoger los grandes rasgos de la misma, recordaremos que Cajal fue el máximo fundador de la teoría de la neurona, que apoyó con una detenida investigación de la estructura del sistema nervioso, principalmente mediante su modificación del método cromoargéntico de Golgi y su procedimiento original del nitrato de plata reducido. De su amplísima producción escrita solamente podemos citar aquí sus excelentes tratados escolares de histología (1889) y anatomía patológica (1890) y sus clásicas monografías Textura del sistemas nervioso del hombre y de los vertebrados (1897-1904) y Estudios sobre la degeneración y regeneración del sistema nervioso (1912-1914). La riqueza excepcional de su contribución, tanto en el aspecto de las técnicas y de aporte de nuevos datos cono en el plano doctrinal, fue la razón de su influjo en toda la histología posterior, que en gran parte todavía se mantiene. En el plano nacional creó, además, una gran escuela abundante en personalidades de auténtico relieve, e influyó decisivamente en las obras de otros dos histólogos españoles de talla mundial: Nicolás Achúcarro Lund y Pío del Río-Hortega. Achúrraco es autor de una copiosa obra científica, de la que destacan sus estudios sobre la neurología y sus trabajos histopatológicos sobre la parálisis general, realizados en gran parte con su método original de tinción. Continuador de su obra fue Pío del Río-Hortega, que, entre otras muchas contribuciones, completó las investigaciones de su maestro acerca de la neuroglía y descubrió la microglía y la oligodendroglía. La propia generación de Cajal fue la encargada de incorporar a España a otro campo morfológico: la antropología física. Es suficiente citar el nombre de Federico Olóriz Aguilera para expresar la altura conseguida. La recuperación de la fisiología fue más tardía que la del saber morfológico. Pesó en dicho retardo el peor estado de dicha disciplina en las etapas anteriores y la ausencia de fisiólogos que realizaran una labor equiparable a la que Maestre San Juan llevó a cabo en histología. Los primeros fisiólogos de tipo europeo son coetáneos de Cajal. Destaquemos entre los que realizaron una obra con repercusión fuera de España los nombres de José Gómez Ocaña y Ramón Turró. Al primero se deben investigaciones sobre la función tiroidea y diferentes aspectos de la nerviosa, dos extensas monografías acerca de la fisiología circulatoria y cerebral (1894) y una excelente Fisiología Humana (1896), varias veces reimpresa. Al segundo –centrado en su madurez en la inmunología–, interesantes trabajos sobre fisiología circulatoria (1893). Con posterioridad, ya en el presente siglo, la fisiología española contará en el llamado periodo de entreguerras con varios importantes cultivadores, destacando la escuela barcelonesa encabezada por August Pi i Suñer, autor de una gran labor investigadora de talla y repercusión mundiales.               
En la medicina interna la etapa que estudiamos significó, en primer término, la plena asimilación de dos corrientes: la patológica celular y la fisiopatología. Si quisiéramos escoger figuras muy destacadas entre los defensores de las ideas de Virchow, citaríamos al madrileño Andrés del Busto y al barcelonés Bartolomé Robert Yarzábal. El primero, catedrático de Obstetricia en Madrid, fue el auténtico paladín del celularismo en el seno de varias instituciones médicas españolas, siendo dignas de recuerdo sus memorias acerca de las leyes de la materia y de la vida y sobre el destino de la doctrina celular. La ideología científica de Robert fue menos unilateral. Desde su cátedra de Patología Médica de Barcelona desplegó una amplia labor de docencia y de publicación en la que influyó de modo muy central la obra de Virchow, pero en la que pesaron también los puntos de vista fisiopatológicos y más tarde los de la nueva bacteriología. La mentalidad fisiopatológica encontró su núcleo español en una serie de notables internistas de los hospitales madrileños, que inauguró la sólida obra clínica de Ezequiel Martín de Pedro, principal responsable de la introducción en nuestro país de la termometría y la esfigmografía como métodos habituales de exploración, y autor, entre otras obras, de un excelente tratado de piretología (1876). Su teoría fisiopatológica del tétanos, basada en los trabajos experimentales de Claude Bernard, tuvo auténtica repercusión europea. La tercera gran mentalidad de la medicina decimonónica, la etiopatológica, se desarrollo en España, como en el resto de Europa, ligada al crecimiento de la bacteriología. La más clara expresión del pensamiento etiológico en patología fue el Tratado de Patología general (1886), de Amalio Gimeno. En la redacción de esta obra influyeron también las doctrinas de Matías Nieto y Serrano y José de Letamendi, otros dos patólogos generales cuyas teorizaciones centraron la resistencia al dominante positivismo. Durante el periodo de transición de un siglo a otro, un buen número de autores españoles cultivó la medicina interna constituida por la fusión de las tres mentalidades citadas. Aparece ya entonces claramente una creciente tendencia a la especialización. Destacan de esta forma, en patología cardiorrespiratoria, Juan Manuel Mariani, Pedro Espinosa y Capo y Pedro Esquerdo; en tisiología, José Codina Castellví, Francisco Moliner y Ricardo Royo Vilanova; en gastroentereología, Eduardo Moreno Zancudo, Nicolás Rodríguez Abaytúa y Juan Madinaveitia; en neurología, Luis Barraquer Roviralta y Luis Simarro Lacabra, etc. De los varios tratados didácticos publicados resulta obligado recordar la Lecciones de Patología y Clínicas médicas (1891-1893), de Manuel Alonso Sañudo, mientras que el texto más sobresaliente de patología general fue el de León Corral y Maestro (1900), que llenó toda una etapa hasta la aparición del Tratado de Novoa Santos (1916). Este panorama se enriqueció todavía más en el periodo de entreguerras que podemos personificar en una figura de la talla de Gregorio Marañón.                 
El desarrollo de la cirugía fue enteramente paralelo al de la medicina interna. La anatomía patológica microscópica, los métodos antisépticos y las nuevas técnicas operatorias por estos últimos posibilitadas, fueron introducidas en nuestro país por varios brillantes cirujanos de la generación anterior a Cajal, de los que destacan Federico Rubio y Galí y Juan Creus Manso. No se redujeron, por otra parte, a una labor de mera asimilación de los progresos extranjeros, sino que realizaron contribuciones originales de interés. Recordaremos la técnica de operación del carcinoma mamario y la de la ovariectomía por parte de Federico Rubio, y los procedimientos de queiloplastia y de resección del maxilar inferior originales de Creus. Más tarde, la propia generación de Cajal contó con cirujanos de gran categoría, como José Ribera Sans, Alejandro San Martín Satrústegui, León Cardenal, Eulogio Cervera, etc. Como meros ejemplos de las aportaciones a ellos debidas, anotaremos las técnicas hemostáticas y el procedimiento de gastrectomía total debidos a Ribera, los métodos antisépticos ideados por Cardenal y, sobre todo, la iniciación de la moderna cirugía vascular por parte de Alejandro San Martín y su discípulo José Goyanes Capdevila. Estos años corresponden también al periodo de iniciación en nuestro país de las especialidades quirúrgicas, desempeñando algunos centros, como el Instituto de Terapéutica Operatoria fundado por Federico Rubio y el Instituto Oftálmico, un destacado papel en su desarrollo. En la primera de las instituciones citadas trabajaron el urólogo Enrique Suénder, el otorrino Rafael Ariza Espejo y el ginecólogo Eugenio Gutiérrez González, que significaron el punto de partida de sus especialidades en España junto a algunas figuras de otros ambientes (Miguel Fargas Roca y Sebastián Recaséns en ginecología, Luis Suñé y Ricardo Botey en otorrinolaringología, etc.). Fundamental fue también la influencia de Francisco Delgado Jugo desde su puesto de director del Instituto Oftálmico, centro que más tarde encabezaría Rafael Cervera y donde se formó una buena parte de la primera generación de oftalmólogos españoles. No es este lugar apropiado para resumir la evolución posterior de todas estas especialidades, en alguna de las cuales, como es sabido, han existido figuras españolas de talla mundial (Antonio García Tapia, los Barraquer, Hermeregildo Arruga, etc.). Tampoco podemos detenernos en la historia de otras especialidades cuyos iniciadores en nuestro país fueron miembros de la generación anterior a la de Cajal, como el pediatra Mariano Benavente, el dermatólogo José Eugenio de Olavide y los psiquiatras Juan Giné Partagás y José María Esquerdo. Los cultivadores de los mismos coetáneos del gran histólogo significaron, en general, la elevación de su nivel científico a un tono auténticamente europeo: basta con recordar como ejemplo a Juan de Azúa y a Luis Simarro, introductores en España de las doctrinas dermatológicas de Hebra y Unna, y de la psiquiatría de Kraepelin, respectivamente.      
En las duras circunstancias posteriores a la Guerra de la Independencia (1808-1814), la higiene española tuvo la suerte de encontrar un digno sucesor de Luzuriaga en la persona de Mateo Seoane Sobral. Ardiente liberal, redactó en 1822, para las Cortes, un proyecto de Ley de Sanidad de altura extraordinaria, que por desgracia no llegó a ser aprobado. Exiliado en Londres por razones políticas desde 1823 a 1834, realizó en aquella c. una activísima labor de médico e higienista, llegando a ser asesor del Gobierno británico en asuntos sanitarios. Tras su regreso a España en la última de las fechas citadas, se convirtió en el consejero principal de los sucesivos gobiernos en asuntos sanitarios. Su influencia, unida al miedo producido por las epidemias de cólera, fue decisiva para que la higiene española experimentara un profundo cambio a mediados del s. XIX. La antigua Junta Suprema fue sustituida en 1847 por el Real Consejo de Sanidad, cuya forma definitiva fue establecida por la primera Ley de Sanidad (1855), que estructuraba de forma orgánica los servicios nacionales, provinciales y locales. De modo paralelo a esta reforma de régimen sanitario interior y exterior, principalmente referido a las enfermedades contagiosas, se modificó la estructura de la beneficencia, sobre todo gracias a la ley de 1849. La influencia de Seoane también fue definitiva para la formación de una nueva generación de higienistas gracias a la cual estos estudios alcanzaron en España un nivel de tipo europeo. El más importante de todos ellos fue, sin duda, Pedro Felipe Monlau Roca, autor de una amplia y valiosa producción escrita, de la que destacan sus tratados de higiene privada (1846), higiene pública (1847), higiene industrial (1856) e higiene del matrimonio (1858), varias veces editado, así como la creación de la primera revista española consagrada a la higiene: El Monitor de la Salud (1858-1864). Sin alcanzar la altura de Monlau, fue también muy notable la labor de Francisco Méndez Álvaro, autor de estudios sobre higiene municipal (1853), higiene de la vivienda (1874), etc. En esta etapa prebacteriológica de nuestra higiene se mantuvo con extraordinario vigor la vigencia de las topografía médicas, que fue evolucionando desde una concepción fundamentalmente climática y de ambiente físico, hasta convertirse en un análisis predominantemente social. Gracias a las recomendaciones de hombres como Luzuriaga y Seoane dio también sus primeros pasos la estadística sanitaria, que motivó un verdadero bosque legislativo cuyas mismas reiteraciones indican ya su poca eficacia práctica. El gran cambio que la higiene experimentó durante el último tercio del s. XIX fue el nuevo fundamento ofrecido por la bacteriología. Después de una etapa puramente informativa y de algunas investigaciones aisladas, los autores españoles contribuyeron a esta disciplina con aportaciones originales de importancia. La figura más destacada a este respecto fue, sin duda, Jaime Ferrán y Clúa, al que se debe la invención de la vacuna antitífica (1887), las primeras inmunizaciones en animales contra el bacilo de Klebs-Loeffler, el descubrimiento del “método supraintensivo” antirrábico y notables estudios sobre la bacteriología de la tuberculosis, el tétanos y la peste bubónica. No obstante, su contribución más decisiva fue terminar con la pesadilla central de la higiene europea de todo el s. XIX, al descubrir la vacunación anticolérica (1885), invención fundamental que motivó una enconada polémica de trascendencia mundial, que acabó con el reconocimiento de la gloria de Ferrán por parte de la propia medicina francesa, simbolizado en la concesión del “Premio Breánt” a comienzos del este siglo. Junto a Ferrán es justo recordar también la notable contribución científica que Ramón Turró y Darder realizó a las doctrinas inmunológicas, a través de una serie de estudios, en gran parte publicados en las más prestigiosas revistas europeas.                
El nuevo fundamento científico repercutió inmediatamente tanto en la organización y legislación sanitaria como en la labor de nuestros higienistas. En el aspecto legislativo, la anterior ley de 1855 quedó conceptualmente superada por la notable Instrucción General de Sanidad de 1904, en cuya elaboración científica intervino decisivamente el higienista Cortezo. Los servicios fueron más tarde reorganizados por los reglamentos de sanidad municipal y provincial de 1925, por la ley de coordinación de 1934 y, sobre todo, por la nueva Ley de Sanidad Nacional de 1944. Al mismo tiempo fueron creándose instituciones científicas y técnicas al servicio de esta empresa, labor que inicia la fundación del Instituto Nacional de Vacunación en 1871 –que vino a chocar con otros ya existentes creados por iniciativa privada– y que culminó con las del Instituto de Sueroterapia, Vacunación y Bacteriología en 1899 y de la Escuela Nacional de Sanidad en 1924. El nuevo carácter activo que adoptó la higiene en nuestro siglo se fue reflejando en la organización de las luchas sanitarias de carácter específico: antituberculosa (1905), antivenérea (1918), antipalúdica (1920), antitracomatosa (1919), contra el cáncer (1924), las enfermedades reumáticas y cardiovasculares (1922), las afecciones maternales e infantiles (1941), etc. Entre los varios nombres de médicos que trabajaron y realizaron estudios dentro de este campo, en un primer momento destacan los de Luis Comenge Ferrer, Ángel Pulido, Vicente Llorente Mateos y Carlos María Cortezo, como higienistas prácticos, y el de Rafael Rodríguez Méndez dentro de la enseñanza de la disciplina desde su cátedra de Barcelona. En los primeros años del s. XX es también inexcusable la mención de Gustavo Pittaluga Fatorino como eficaz organizador de la lucha antipalúdica y de Antonio Salvat Navarro como autor del tratado (1915-1917) más difundido de la especialidad. Precisamente a partir de 1924 y hasta los años treinta, la Fundación Rockefeller comienza a becar una serie de sanitarios que, fundamentalmente en EE.UU, se forman en técnicas administrativas y de laboratorio. No olvidamos la contribución de Peset Aleixandre a esta tarea sanitaria desde la dirección del Instituto Provincial de Higiene en Valencia.             
El desarrollo de la enseñanza y de la profesión médica en España a partir de las circunstancias del final de la Ilustración quedó interrumpido por las medidas retrógradas del reino de Fernando VII. Ya durante la primera etapa absolutista del mismo el plan de estudios de 1818 anuló todos los avances conseguidos en las reglamentaciones anteriores. No obstante, mucho más grave fueron las consecuencias en este terreno de la represión posterior a 1823, que encabezó Calomarde. Basta con recordar el nuevo plan promulgado en 1824, rotundamente opuesto a la tendencia clínica y experimentalista del Reglamento de estudios confeccionado en 1821 por las Cortes liberales, o la deposición en el mismo año de todos los catedráticos de Medicina de Madrid. Únicamente en la parte final de la Década Ominosa se suavizó algo la situación, gracias sobre todo –en lo que respecta a la medicina– a la actuación de Pedro Castelló Ginestá, cirujano de cámara del monarca. Castelló consiguió la libertad de los catedráticos detenidos, así como la unificación docente y profesional de los médicos y cirujanos (1827). Con este grave lastre como herencia, las numerosas reformas de la España isabelina intentaron con desigual acierto incorporar nuestra enseñanza médica al nivel de la época. Sin entrar en un complejo bosque legislativo, interesa principalmente saber que la reforma de 1845 consagró la centralización estatal absoluta de todos los aspectos de la enseñanza, cuyo símbolo fue la creación de la Universidad Central. La famosa Ley de Instrucción Pública de 1857 –más conocida como Ley Moyano– dio luego a la organización universitaria española su perfil característico en el periodo contemporáneo. La Revolución de 1868 confirmó con posterioridad a ese año la vigencia de dicha organización, aunque introduciendo de forma extremada el principio de libertad de enseñanza, que condujo a tal anarquía que tuvo que ser restringido incluso antes de la restauración política. El panorama ulterior a 1875, a pesar de alguna reforma importante (1886), fue mera consecuencia de las líneas trazadas en los años isabelinos. Resulta obligado anotar que junto a la desvitalizada enseñanza oficial aparecieron una serie de centros libres, principalmente al calor de los principios de 1868, mantenidos luego por grupos disconformes en la época de la Restauración. Algunos de ellos desempeñaron un notable papel en la renovación científica de nuestra medicina. De esta forma hemos visto que en el punto de partida del desarrollo en nuestro país de la histología, la anatomía patológica microscópica, la antropología física, la fisiología experimental normal o patológica y las distintas especialidades médicas y quirúrgicas, fueron decisivas instituciones como la Escuela Libre de Medicina de Sevilla y el Instituto de Terapéutica Operatoria –ambas fundadas por Federico Rubio–, el Instituto Biológico de Martínez Molina, las cátedras libres de Clínica del Hospital General de Madrid, el Museo Antropológico de González Velasco, la Academia y Laboratorio de Ciencias Médicas de Cataluña. Una novedad de importancia dentro de la historia de la profesión médica española en el s. XIX fue la creación de cuerpos especializados. Sin duda, los más importantes fueron el de sanidad militar y el de médicos forenses, herederos ambos de una tradición de nuestro país que no podemos considerar en este momento. El primero de ellos fue creado por el Reglamento general de 1829, y el segundo, por un R. D. de 1862. En la promulgación de este último influyó decisivamente Pedro Mata Fontanet, que había sido discípulo de Mateo José Buenaventura Orfila en parís, y que escribió, entre otras obras de duradera influencia, un excelente Tratado de Medicina y Cirugía legal (1846), que alcanzó varias ediciones. También es obligado que recordemos la notable importancia que alcanzó el periodismo médico en la España decimonónica. Las circunstancias del reinado de Fernando VII impidieron su desarrollo, con el único paréntesis del “trienio liberal”. A partir de 1834, sin embargo, apareció un buen número de revistas, algunas de las cuales alcanzó la continuidad y el influjo del El Siglo Médico, publicación resultante de la fusión en 1854 del Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia y de la Gaceta Médica. Dirigida en su etapa más interesante por Matías Nieto Serrano y Francisco Méndez Álvaro, representó entonces la mentalidad “moderada” de los médicos vitalistas españoles, teniendo como oponentes revistas como La España Médica y El Pabellón Médico, de carácter positivista y “progesista”. Durante la Restauración, la principal novedad en este campo fue la aparición de un considerable conjunto de revistas médicas especializadas.

MEDICINA EN EL S. XX La complejísima evolución de la asistencia hospitalaria en la España del s. XIX resulta difícilmente resumible en unas líneas. Nuestros hospitales encajaron muy desfavorablemente, en general, el paso de la antigua organización benéfica a la de tipo contemporáneo. Durante la primera mitad de la centuria se dedicaron, incluso, numerosos esfuerzos a intentar sustituir el hospital por una asistencia domiciliaria, lo que da idea de lo profundamente que había calado en nuestra sociedad la reducción del primero al último refugio de las clases más miserables y necesitadas. Por una serie de circunstancias –entre las que hay que destacar la casi nula influencia médica en su dirección y orientación–, los hospitales españoles de la segunda mitad del siglo siguieron cumpliendo de modo muy deficiente sus funciones asistenciales, incorporándose al mismo tiempo muy poco satisfactoriamente a los requerimientos docentes y científicos. Hacía falta una profunda reforma, tanto en el terreno administrativo como en el técnico, que sólo comenzó a realizarse en la centuria siguiente.  La generación de Cajal, conocida como la de “los sabios”, creó las bases para el impresionante despegue de la medicina española de las primeras décadas del s. XX. Con un afán típicamente regeneracionista, estimuló la fundación de nuevas instituciones clave en este proceso. En enero de 1907, el catedrático de Patología Médica de Madrid y ministro Amalio Gimeno, firmó el Real Decreto por el que se creaba la Junta para Ampliación de Estudios, pieza clave y eje de actuación de la Institución Libre de Enseñanza. Cajal fue nombrado presidente de la Junta. Su objetivo inicial, la designación de candidatos para su estancia en el extranjero, pronto planteó la necesidad previa de iniciar a los candidatos antes de su salida, con vistas a un conocimiento anticipado de las técnicas y materias que habían de desarrollar fuera de España. A tal fin, la Junta organizó una serie de laboratorios: el de Histología Normal y Patológica, dirigido por Achucarro; el de Serología y Bacteriología, bajo la tutela de Paulino Suárez; el de Fisiología General, encargado a Juan Negrín, y el de Química General, que dirigió José Ranedo. La doble tarea, pedagógica y de investigación, de los laboratorios de la Junta comenzaría pronto a dar sus frutos en una elite de hombres, cuya figura y magisterio marcaría su impronta en las generaciones médicas surgidas durante las décadas de 1920 y 1930, elevando nuestra medicina a un nivel europeo. Aunque no sólo la Junta trabajará en este sentido: el Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas de Cajal, la Escuela Nacional de Sanidad, el Instituto Madinaveitia, el Instituto de Patología Médica de Marañón, la Societat Catalana de Biologia, el famosísimo Laboratorio Municipal de Bacteriología de Barcelona, el Instituto de Investigaciones Médicas de Jiménez Díaz, la Fundación Valdecilla en Santander y tantos más van sentando las bases de una medicina al día, en las que van surgiendo las más diversas especialidades médicas. Un solo dato. En tanto que en el periodo anterior desde 1871 a 1900 habían aparecido en España siete revistas especializadas, desde 1909 a 1934 fueron doce las especialidades que contaron con nuevos órganos de expresión junto a aquellas; a la vez que las cincuenta revistas generales de 1900 se convirtieron en ciento setenta en 1931. La escuela histológica española alcanzó prestigio mundial con los ya mencionados discípulos de Cajal, con Tello y en parte Fernando de Castro. En ella tuvo su origen una de las ramas de la neurología española: la que en manos de Gonzalo R. Lafora, José Sanchís Banús y José M.ª Sacristán y junto a la escuela catalana de Barraquer Roviralta, tanto prestigio alcanzó en los años inmediatos a 1936. La fisiología, después de su recuperación en los últimos años del s. XIX y primeras décadas del XX, contará con figuras prestigiosas como los ya mencionados Juan Negrín y August Pi i Suñer, cuyos estudios en el campo de la fisiología hepática, la sensibilidad y los reflejos tróficos, etc. le dieron proyección universal. El grupo de internistas de la generación de Marañón fueron hombres que en su mayoría disfrutaron de los beneficios de la Junta: Novoa Santos, Carlos Jiménez Díaz, Misael Bañuelos, Enríquez de Salamanca, Pedro Pons, Rodríguez Lafora. Con ellos y con otros muchos, adquirió rango internacional, la tisiología, la gastroenterología, la endocrinología, la neurología especialmente. En cirugía, sólo dos ejemplos: Manuel Bastos Ansart en traumatología y un joven médico catalán que luego adquirirá renombre mundial desde Oxford, Josep Trueta, incorporaron también el nombre de España a la cirugía mundial.                  
Cuando en 1936 la medicina española del s. XX adquirió su plenitud, la Guerra Civil (1936-1939) acabó con instituciones, hombres, obras y proyectos. El drama del catedrático de Medicina Legal y ex rector de Valencia, Juan Bautista Peset Aleixandre, fue un ejemplo; la diáspora al exilio de nuestros mejores científicos, una triste realidad. Tras el debacle que en todos los órdenes supuso la Guerra Civil, se inició una etapa que llega hasta hoy y que habría que enmarcar, en primer término, dentro del contexto de la ciencia española en general. A este respecto, en los últimos tiempos parece haberse establecido, dentro de los historiadores de la ciencia, un consenso sobre su periodización y que correspondería a los dos momentos indicados a continuación: 1. Tras el despegue científico del país en los inicios del s. XX, bajo la sombra de la Junta de Ampliación de Estudios y la Fundación Nacional para Investigaciones Científicas en los años de la II República (1931-1939), se inició una fase de claro retroceso entre 1939 y 1953 en la cual era común la utilización de la ciencia como propaganda política y una escasa relación con las novedades científicas foráneas. Esta fase se cerró con los primeros pasos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, creado en 1950. 2. Los inicios de los planes nacionales de Desarrollo, la paulatina ruptura con el modelo de investigación autárquico y la aparición de instituciones como la CAYCIT (1961), el Fondo Nacional para la Investigación Científica (1964), la aparición de los departamentos universitarios y la creación de las grandes ciudades sanitarias del sistema público, fueron, entre otros, elementos que permitirían el diseño y puesta en marcha de una verdadera política a partir de la década de 1970. Hace unos años, J. de Miguel (1979) hizo una síntesis de lo que, a su juicio, podían ser los sucesos más significativos de la política sanitaria española contemporánea y que, pese a no pretender la exhaustividad, resultan de utilidad para ofrecer los acontecimientos más relevantes, como la creación, bajo el régimen del general Franco, del Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE) en 1942, que empezó a aplicarse dos años más tarde. Paralelamente se fueron creando otros seguros que acabarían desembocando en las mutuas laborales. Entre 1944 y 1963 el desarrollo de dicho seguro no sufrió grandes altibajos. En 1944 se comenzó, como hemos dicho, a poner en marcha publicándose la Ley de Bases de Sanidad Nacional. En estos años, la cobertura era de un 25% aproximado de la población, y se tardó veinte años más en alcanzar la cota del 50% de asistidos. El presupuesto del SOE, impulsado por los falangistas para proteger a los trabajadores más desfavorecidos, se inspiró en el modelo italiano y algunos analistas como Solé Sabaris (1975) lo consideran no como fruto de las reivindicaciones obreras, sino como una concesión del bando vencedor. Es bien conocido que, desde el punto de vista de la organización económica, su modelo fue el de las krankenkassen alemanas de finales del s. XIX, es decir, la subvención de los servicios se extraía de las cuotas de obreros y patronos, siendo mínimo el aporte estatal (5%). En 1945, el Fuero de los Españoles reconoció el derecho al seguro de enfermedad. Se reglamentaron paralelamente los Colegios Oficiales de Médicos y se hicieron algunos esfuerzos por conocer la situación en cuanto a recursos con la aparición del primer Censo de Establecimientos Sanitarios en 1949. Piénsese que en los años que estamos contemplando, España era el país europeo con una tasa menor de camas hospitalarias por habitante.           
La promulgación de la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963, marca, sin duda, una nueva etapa. Dicha etapa fue coincidente con el periodo de los planes de desarrollo y los gobiernos más tecnocráticos, y la transformación del SOE en la Asistencia Sanitaria de la Seguridad Social siguió, de alguna manera, una evolución paralela a la experimentada por la situación socioeconómica del país. Se incrementó notablemente la población asistida (80% de cobertura en 1970), aunque no hubo una expansión hospitalaria de la misma dimensión; dicha expansión tendrá lugar en la década siguiente. En 1977 los intentos de reforma sanitaria cristalizaron en el informe conocido como Libro Blanco de la Sanidad Española y finalmente, en 1978, se creó por primera vez en España, con un considerable retraso con respecto a otros países europeos, el Ministerio de Sanidad y Seguridad Social. También es el momento, coincidente con la instauración de un nuevo régimen democrático, de la puesta en marcha de varios trabajos de tipo sociosanitario, con análisis históricos y sociológicos de la situación sanitaria española y de las reformas necesarias. En esta línea hay que insertar, p. e., la introducción de las nuevas corrientes que intentaban ofrecer una asistencia psiquiátrica sobre supuestos radicalmente distintos de la de los nosocomios tradicionales. Finalmente, la formación de los profesionales de la salud ha experimentado también cambios muy importantes tanto en lo que se refiere a la enseñanza pregraduada, con intentos renovadores que se han plasmado, con mayor o menor intensidad en los planes de estudio de médicos y otros profesionales de la salud, con una influencia muy marcada de experimentos pedagógicos foráneos y de las nuevas directrices que la Organización Mundial de la Salud ha ido desarrollando desde la declaración de Alma Ata en 1978, como en la formación de posgrado, con la implantación del sistema MIR., en el caso de los médicos, que descarga toda la responsabilidad y gestión de la formación de especialistas en el Ministerio de Sanidad. El elemento que ha pesado más en las dos últimas décadas ha sido, coincidiendo con nuestra incorporación como miembros de pleno derecho a la Unión Europea, el acercamiento, muchas veces obligado por las directrices europeas, a una serie de estándares similares al resto de los países. El último rasgo que se ha de señalar es, sin duda, la apertura al exterior, mayor que en muchos otros periodos históricos anteriores y la paulatina incorporación de la ciencia hecha aquí en los principales sistemas de circulación de la comunidad científica internacional. [E.B.P.]